¿Quién nos salva?

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Por Juan Francisco Baroffio*

Cuando arreció la hora más cruda de la guerra civil, durante la administración del General Lavalle (1829), las esperanzas unitarias, que habían estado depositadas en este joven militar y héroe de la Guerra del Brasil, se trasladaron al pasajero del buque Countess of Chichester, que no había querido desembarcar: el General José Francisco de San Martín. Por tercera vez, en un periodo de no más de cuatro años, se buscaba un “Salvador”. El oráculo esta vez apuntaba al Libertador, hombre de coraje, austeridad y disciplina. Las esperanzas de un gobierno absurdo, que se encontraba arrinconado por todos los puntos del mapa, y de un pueblo incapaz de reconocer su error, se vieron por primera vez rechazadas. San Martín, en carta a Tomás Guido, muestra su parecer:

“Las agitaciones de 19 años de ensayos en busca de una libertad que no ha existido y más que todo, las difíciles circunstancias en que se halla en el día nuestro país, hacen clamar a lo general de los hombres que ven sus fortunas al borde del precipicio, y su futura suerte cubierta de una funesta incertidumbre, no por un cambio en los principios que nos rigen y que en mi opinión es donde está el mal, sino por un gobierno vigoroso, en una palabra militar; porque el que se ahoga no repara en lo que se agarra, igualmente convienen en que para que el país pueda existir, es de necesidad absoluta que uno de los dos partidos en cuestión desaparezca de él, al efecto, se trata de buscar un salvador, que reuniendo el prestigio de la victoria, el concepto de las demás provincias y más que todo un brazo vigoroso, salve a la patria de los males que la amenazan; la opinión presenta este candidato, él es el General San Martín. Para esta aserción yo me fundo en el número de cartas que he recibido de personas de respeto de ésa, y otras que me han hablado en ésta sobre este particular; yo apoyo mi opinión sobre las circunstancias del día. Ahora bien, partiendo del principio que es absolutamente necesario el que desaparezca uno de los partidos contendientes, por ser incompatible la presencia de ambos con la tranquilidad pública. ¿Será posible, sea yo el escogido para ser el verdugo de mis conciudadanos, y cual otro Sila, cubra mi patria de proscripciones? No, –jamás, jamás – mil veces preferiría correr y envolverme en los males que la amenazan, que ser yo instrumento de tamaños horrores; por otra parte, después del carácter sanguinario con que se han pronunciado los partidos, me sería permitido por el que quedase victorioso, usar de una clemencia necesaria y me vería obligado a ser agente del furor de pasiones exaltadas que no consultan otro principio que el de la venganza. Mi amigo, veamos claro, la situación de nuestro país es tal, que el hombre que lo mande no le queda otra alternativa que la de apoyarse sobre una facción o renunciar al mando; esto último es lo que hago”1.

Como podemos apreciar por la letra del Libertador, él ya advertía este cáncer que se extendía por nuestro suelo. Sin embargo, lo peor de este mal no es la inevitable tentación en que puede caer el Salvador al verse con un poder desmedido, sino el que recae en las pasiones exaltadas de aquellos que lo han creado y creído en él. Pasiones que, con sabiduría, San Martín ha apuntado que tienen a la venganza como única consejera.

Estas pasiones exaltadas del pueblo, en su acepción más amplia, llegan hasta el extremo de creerse en la obligación de interpretar y satisfacer los deseos de aquel al que han revestido con las vestiduras de Salvador. Es por eso que pueden llegar a perpetrar los más atroces crímenes, adjudicándose una defensa que no fue solicitada.

Salvador, hemos buscado desde entonces. Fueron los caudillos como Rosas, Quiroga, López o Urquiza. Luego los partidos como el PAN o la UCR. Pronto se buscó un nuevo tipo de caudillo: el militar. Y así desfilaron Uriburu, Justo, Rawson, Ramírez, Farrel, Perón, Lonardi, Aramburu, Onganía, Levingston, Lanusse, Videla, Viola, Galtieri y Bignone. Los hacendados acaudillaban peones; los generales, soldados. Con mayor o menor suerte, todos fueron buscados, deseados. Tal vez los casos más paradigmáticos de endiosamiento del siglo XX hayan sido los de Uriburu, Perón y Onganía. Mayor, sin duda, fue el fenómeno que se dio con Perón, que hasta nuestros días tiene replicaciones.

Las esperanzas se depositaron en Alfonsín, pero lo hundió la crisis económica. Menem, en los “locos años noventa”, fue el titán con su “uno a uno” y su pintoresca personalidad, y mientras se aproximaba la tormenta, miramos para otro lado porque teníamos los bolsillos llenos. Luego la decadencia ininterrumpida con De la Rúa. Cuando todo estaba dado para un nuevo comienzo, para una madura elección, caíamos nuevamente en la tentación. Tal vez por falta de patriotismo, o de ganas de trabajar o simplemente por no saber cómo.

Este mal no sólo nos ha llevado a interrumpir constantemente el orden constitucional para depositar la Suma del Poder en alguien a quien creamos o creímos Salvador, sino que cuando este defraudó nuestra fe lo caracterizamos como Tirano. Nos sentimos desilusionados, como si fuésemos las víctimas de la ambición y la maldad de un hombre. Finalmente, no asumimos la responsabilidad y, como dicen los teólogos, “lo que no se asume, no se redime”. Somos nosotros los que los elevamos a la categoría de la que hoy los bajamos y la pasamos a otro. Porque a rey muerto, rey puesto. Sin embargo, ¿no es el pueblo el soberano?

El General San Martín (acaso el único que hizo un renunciamiento patriótico) nos recuerda y nos advierte que “el que se ahoga no repara en lo que se agarra”, y que el cambio no debe venir de un hombre, sino de los principios que nos rigen. Uno, no nos va a salvar. La revancha sólo nos va separar más. La unión de todos con todos, y no de todos contra aquellos, nos va a salvar. Porque lo que salva a un pueblo no es un iluminado sino un pueblo virtuoso. Y esto es más difícil pero más seguro para la posteridad.

La imagen que ilustra este artículo es una intervención sobre “Retrato de San Martín”, de Guillermo Roux.

1 Carta del Gral. San Marín a don Tomás Guido, dada en Montevideo en 3 de abril de 1829. En RAFFO DE LA RETA, J. C. (compilador); Epistolario selecto y otros documentos; Colección grandes escritores argentinos. Buenos Aires, W. M. Jackson, 1944; pp. 216, 217 y 218.

* Director de Seminarios del Instituto de Cultura del CUDES.


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