Provincia de Santa Cruz

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Por Emilio Santabaya

Llegar a Bajo Caracoles, localidad de 40 habitantes, núcleo de  los más importantes dinosaurios, allá en el cretáceo, 130-140 millones de años, fue muy sufrido.

El ripio, de piedra grande, se había “comido” dos gomas nuevas. Llegar a Gobernador Gregores, en el centro de la provincia de Santa Cruz, a unos 350km. de la partida, se hacía distante, porque no podíamos superar los 40 a 50 km/h. En tanto, la piedra golpeaba sin piedad toda la estructura inferior del viejo Chevy. Cada golpe era un quejido, nos dolía. Habíamos reparado uno de los neumáticos y confiábamos en llegar antes de la noche a destino. Pero, era evidente, todos los sinos estaban en contra.

A poco de andar, “volvimos a romper”; la reparación que hiciéramos, mal ajustada la válvula, nos tenía preocupados: estaba perdiendo presión. La presencia a lo lejos de un vehículo, que reconocíamos por la tierra que levantaba, nos hizo detenernos. En minutos llegó una camioneta compacta de unos turistas alemanes, que viajaban desde Canadá. Con varias virtudes: mecánico o ingeniero él, parloteaba un inglés que nos permitió entendernos. Me invitó a buscar una herramienta que sirviera a mis necesidades. La presencia de otro motor, intacto, enfundado, en su baúl, nos deslumbró. Su esposa, en tanto, apenas reparó en nosotros y continuó con la lectura de su libro. Todo su arsenal de herramientas, prolijamente ordenadas, fue insuficiente. Fracasamos.

La llegada de un enorme camión cargado de ovejas definió nuestro nuevo destino, muy cercano: “Las Horquetas”, un almacén de campo con alojamiento, según dijo el conductor. Lo seguimos, al oeste, hacia la cordillera, con las sombras de la noche que se acrecentaban detrás.

El otoño del 76, mitad de marzo, se aproximaba. Sus fríos también. Apenas llegamos, nuestro anfitrión -hermano del conductor del camión- nos ofreció cenar, en un pequeño comedor familiar, en un lateral de la construcción: el guiso, que resultó una exquisitez, incluía capón (cordero patagónico) y lo acompañamos con el vino de la zona, “aguado”, sin sabor como muchos de California. Bebimos poco.

El calor de la estufa de hierro, cilíndrica, de unos 90cm. de altura, alimentada con carbón de piedra, con caños del mismo material -de 3 o 4 pulgadas de diámetro-, que recorrían las paredes paralelos al suelo, nos recompuso. Cansados, buscamos nuestra habitación: fuera del edificio central, frente a una explanada que sólo distinguíamos con las luces de una linterna que nos facilitaron. Puerta de dos hojas, con vidrios transparentes en la mitad superior, banderola del mismo material, sin visillos, ni cortinas, ni persianas. Era la única, amplia, con dos camas, de plaza y media; una mesada con lámparas de kerosén hacía de mesa de luz. Una mesa central redonda, con dos sillas, unos percheros y un mueble delgado, alto, que pretendía ser un ropero, constituían todo el mobiliario. Sin baño. El existente exigía cruzar unos treinta pasos la explanada. Sólo la luz externa de la luna, en cuarto menguante, y la tremenda oscuridad, donde se distinguían las sombras de un cerro y el cielo en el que comenzaban a brillar estrellas. Nos aprestamos a dormir. La angustia, los distintos avatares, la rispidez del camino, nos habían agotado. Si algún atisbo de miedo nos quedaba, lo ignoramos. Enumerar los paseos perdidos, la cueva de las manos, el Río Pinturas, distintos lagos, etc., concluyó con las pocas ganas que quedaban de hablar: balbuceamos y dormimos. Despertamos temprano, como habitualmente, con la luz del día. Observar el paisaje nos conmovió, quedamos perplejos. Girar nuestro ángulo de observación nos indicaba sucesivas postales. Sobre la meseta patagónica, como en una plataforma, con la estepa a metros de la ruta de acceso, todo, fascinaba, emocionaba. El cerro Las Horquetas, de casi mil metros, con vetas de diferentes colores, el amarillo intenso y el rojo, junto a grises, marrones y hasta verdes y azules, estaba a unos cientos de metros. Como también un cruce de rutas, la 37 y la 35. De pronto, un grito agudísimo. Mi acompañante corría despavorida. En el antebaño, frente a las duchas, estaba acostada descansando una enorme cerda rosada. Naturalmente, al levantarse, muy pesadamente, se fue hacia el lado opuesto. De ahí en más, todo fue placentero. Los dioses habían regresado para ayudarnos. Un paisano, con una precariedad que nos dejó estupefactos, con escasas herramientas, nos reparó dos cubiertas. Con una manguera de goma, que atornillamos donde había una bujía, nos decía con naturalidad, sin suficiencia, cuántas libras le dábamos. Un manómetro en la mitad de la manguera indicaba con precisión lo requerido. Nosotros, boquiabiertos: las reparaciones fueron totales.

Las sorpresas siguieron. Otro invitado, pariente de los dueños de casa, que había llegado con su esposa, hermana de aquéllos, concluyó por revisar todo como un experto. Sólo hablaba inglés…

Las empanadas (también de capón) ni les cuento, fantásticas.

En la tarde emprendimos el camino anhelado. Los 50km. finales, con una lluvia torrencial. Las sucesivas postales del camino y el susto del final, por el aguacero, poco importaron.


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