Agresión militar de los EE.UU. a las Islas Malvinas y el gaucho Antonio Rivero

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Texto leído en la presentación del libro del historiador Mario Tesler, Agresión militar de EE.UU. a las Islas Malvinas y el gaucho Antonio Rivero, en el acto llevado a  cabo en el Edificio Alfredo L. Palacios del Senado de la Nación, el 5 de noviembre de 2013.


Por Carlos María Romero Sosa*

El Diccionario de la Real Academia Española registra ocho acepciones del término “historia”, en algunos casos contradictorias entre sí. Pero como “la teoría es seca y sólo florece el árbol de la vida”, según la sentencia de Goethe, con espíritu de justicia será de convenir  que cabe  identificar la extensa y fecunda labor científica del licenciado Mario Tesler con el primero de esos significados, lo cual no es más que el reconocimiento de una evidencia: Tesler practica desde su juventud, adornada por la vocación por el arte de Clío, la “narración y exposición verdadera de los acontecimientos pasados y cosas memorables. Algo de fácil comprobación cada vez que nos sorprende con la habitualidad -valga el oxímoron- de sus libros, artículos, comunicaciones científicas, conferencias, trabajos todos y cada uno de ellos elaborados con objetivos claros y no exentos de ser disparadores de polémicas.

Porque Mario investiga y da a conocer sus indagaciones con el objetivo de  aclarar errores y malentendidos, cosa que logra aportando siempre pruebas al canto. Como el caballero medieval del viejo romance castellano, bien puede ufanarse de que “su descanso es el pelear”, en su caso fatigando archivos y bibliotecas. De esa forma ha sabido rescatar personajes del olvido, en general instalado por decreto. Ha vuelto la mirada sobre hechos cerrados a debate muchas veces por la historia oficial y ha aportado su personal cuota de honestidad intelectual traducida en veracidad en la reconstrucción de nuestro pasado. Por eso cabe pensar qué ajena y qué antitética resulta ser su tarea historiográfica, tanto al relato intencionado de la “política de la historia” que dijera Jauretche, cuanto al chisme, la aseveración sin fundamento documental o la interpretación antojadiza y forzada de los hechos del ayer.

Con ser objetivo en sus apreciaciones y severo en la auscultación de las fuentes a que apela, no se pretende aséptico ni desentendido del “hic et nunc” donde debe cumplir su misión de hombre de la cultura comprometido con grandes causas: la justicia histórica en primer término. Califica el nivel de su patriotismo ese mandato ético asumido por él con lealtad, tenacidad y valentía en un país a merced, entre otros signos del coloniaje, de una “historia falsificada”, de acuerdo con la expresión de Ernesto Palacio.

Basta leerlo para comprobarlo y si cabe ejemplificar lo dicho con algo de su cosecha más reciente, será del caso hacer remisión a esta su última entrega: “Agresión militar de los Estados Unidos a las Islas Malvinas y el gaucho Antonio Rivero”, un libro de fácil lectura pese a su rico aparato erudito. Una obra breve para sin embargo extraer caudalosas enseñanzas a menudo amargas; y ello más aún  al considerar ciertos dramáticos sucesos relatados,  ya que todo hecho de armas adquiere esa categoría, de comprobar su tergiversación u oscurecimiento por razones que suenan a interesadas.

Sabido es que no se podrá estudiar ya el tema Malvinas sin referenciarlo con la guerra  del 82, que tuvo héroes y cobardes, patriotas y traidores. Tesler anota en la primera página  para reiterarlo  más adelante, un dato que demuestra  hasta qué punto la dictadura que embarcó al país en la contienda fue mendaz, hipócrita y oportunista también en la causa a la que decía defender. El hecho es que  en forma oficial se trató de tapar la actitud de los EE.UU. en 1831, cuando  su agresión militar a las Islas con la nave de guerra Lexington y las posteriores manifestaciones gubernamentales que avalaron la destrucción del establecimiento argentino de Puerto Soledad. Por eso en el capítulo “Una publicación injustificable”, arremete lanza en ristre contra cierto opúsculo bilingüe (castellano-inglés) editado en abril de 1982 por la Secretaría de Información de la Presidencia llevado a cabo con el asesoramiento del contralmirante Laurio Destéfani, miembro de número de la Academia Nacional de la Historia, y el catedrático de Derecho Internacional doctor Calixto Armas Barea. Al respecto sostiene Tesler textualmente: “Su lectura me permitió comprobar que su brevedad no fue obstáculo para que en él se filtraran errores y se produjeran omisiones notables. Entre otros, al pormenorizar lo ocurrido en el archipiélago malvinense en el período que va desde 1820 hasta 1833, se omitió toda mención al enfrentamiento con el gobierno de los Estados Unidos y su desconocimiento de la soberanía argentina en el lugar”. Y concluye: “se procuró no hacer conocer a la opinión pública que EE.UU. fue la primera nación que, después de proclamada nuestra independencia de España, manifestó públicamente que las Islas Malvinas no nos pertenecen.(Páginas antes, y como prueba del continuado repudio nacional contra la actitud yanqui  de 1831 y sus derivaciones, cita por una parte el texto de una carta de Rosas dirigida a Estanislao López, fechada el 19 de febrero de 1832, por otra una comunicación de Domingo Faustino Sarmiento, embajador en EE.UU. solicitando instrucciones al canciller Rufino de Elizalde ante “la insólita gestión hecha por un agente norteamericano de los ´presumibles´ derechos de la Inglaterra a la posesión de las Islas Malvinas, y finalmente un fragmento de José Hernández, publicado en el diario “El Río de la Plata”, en 1869, donde el autor de Martín Fierro dispara: “Un buque de guerra norteamericano destruyó la floreciente colonia de la isla Soledad, y ese hecho injustificable fue precisamente lo que indujo a Inglaterra a apoderarse de las Malvinas.”)

Empero, la cuestión es porqué  en ese aciago 1982 se extendió la censura sobre el particular, hecho que por lo demás ya había sido tratado en el volumen La tercera invasión inglesa (1934), de Antonio Gómez Langenheim y décadas después se historió en La agresión norteamericana a las Islas Malvinas, de Ernesto Fitte (1966); a más de dar la última palabra al respecto un clarificador libro del propio Tesler que editó Galerna en 1979.

Claro que no se precisa demasiada sutileza para intentar una respuesta: el súbito anticolonialismo del general “majestuoso” y su corte de “occidentales y cristianos” tenía límites precisos en las fronteras ideológicas sostenidas a sangre y fuego por los halcones del país del norte; y nada debía ir más allá de las bravuconadas y los desafíos de pulpería, con más whisky importado de por medio que pendenciera ginebra criolla capaz de obnubilar al mismísimo Fierro: “Y ya se me vino al humo/ como a buscarme la hebra/ y un golpe le acomodé/ con el porrón de ginebra”.

El problema fue que pese a la buena letra y a la letra chica del tipo de la publicación objetada por Tesler, la cuestión sí comenzó a salirse de cauce: a latinoamericanizarse con la posibilidad cierta de tomar un épico cariz antiimperialista.

La voz de la Historia con mayúscula, es decir, en la primera acepción propuesta por el diccionario de autoridades, viene a cuestionar hoy a través de este libro a algunos personajes que hicieron creer o hasta creyeron de buena fe, porque de buenas intenciones está plagado el camino al infierno, que podía hacerse historia con minúscula, o sea, mediante ocultamientos, desinformaciones, inconsistencias e ideología de la clase dominante.

Valga lo dicho también para el vergonzoso dictamen de la Academia Nacional de la Historia sobre Antonio Rivero, que la corporación  encomendó a Ricardo Caillet-Bois y Humberto Burcio, y fue aprobado en la sesión del 19 de abril de 1966. Nunca más oportuno el recuerdo de aquellos versos de las “Letanías para Nuestro Señor Don Quijote” de Rubén Darío: “De las epidemias de las academias/ de horribles blasfemias, ¡líbranos Señor!

Para finalizar, cabe subrayar que no es de ahora y tampoco fue a partir de 1982, cuando muchos compatriotas descubrieron su sentimiento hacia “la lejana perla austral”, así nombrada en el poema de Carlos Obligado que musicalizó el maestro José Tieri, la dedicación de  Mario Tesler por el tema,  ya que al menos desde 1967 con su ensayo sobre el “Primer documento argentino enviado desde las Islas Malvinas”, viene enriqueciendo la bibliografía malvinense. Recuerdo que en noviembre de 1979, veinteañero yo, tuve el gusto de comentar en el suplemento cultural de “La Capital”, de Rosario, su libro: Malvinas: cómo Estados Unidos provocó la usurpación inglesa.

En el ámbito de este edificio que con justicia lleva el nombre prócer de Alfredo L. Palacios, es de resaltar que el líder socialista fue presidente desde 1939 hasta 1940 de la Junta de Recuperación de las Malvinas, cuya acta fundacional suscribió junto a Antonio Gómez Langenheim, D.J. Ford de Halle, Juan Carlos Moreno, Ramón Doll, Carlos Obligado, Héctor Sáenz Quesada, Rodolfo Irazusta, Dardo Corvalán Mendilaharzu, Arturo Palenque Carreras, José Manuel Moneta, Rafael Jijena Sánchez, Alberto Ezcurra Medrano, José Cilley Vernet,  entre otras figuras, como lo ha recordado en la revista “Todo es Historia” (Nro. 359, correspondiente al mes de junio de 1997) quien fuera secretario de la institución, el desaparecido periodista y escritor Juan Bautista Magaldi. En este edificio del Senado de la Nación  pues, al que tanto prestigió Palacios y donde pronunció su alegato de 1934 reivindicando nuestra soberanía sobre las Islas, se hace especialmente necesario memorar los hitos del  territorio irredento que “a su cadena lo amarró el pirata”, de acuerdo con el endecasílabo de Martín Coronado. Y es de excelencia hacerlo a  través de trabajos de real valía como este del historiador Mario Tesler.

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* Abogado, docente universitario, historiador y escritor.


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