Diplomacia y periodismo

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Por Albino Gómez*

Desde mi propia y doble experiencia personal como diplomático y periodista puedo decir que, no obstante  todas sus diferencias, que las hay, ambas profesiones tienen muchos elementos comunes. En primer lugar, así como es cierto que el hombre se constituye a través del lenguaje, tanto para los diplomáticos como para los periodistas,  la palabra y su uso son parte también fundamental y constitutiva de su gestión diaria. En segundo lugar, en las dos profesiones existe la necesidad insoslayable de requerir el permanente análisis de realidades y situaciones, y el de dar y recibir información.  Por supuesto, el periodista goza de mayor libertad de expresión, está menos acotado en sus movimientos y  mucho menos atado a formalidades, pero tampoco puede despojarse de su mirada profesional y evadirse por ende, de una cuasi compulsiva necesidad de buscar información, reflexionar acerca de ella e interpretarla.  Así las cosas, al igual que el diplomático, el  periodista no viaja ni participa de ciertos actos o recepciones o comidas, de una manera, digamos, puramente social. Los diplomáticos y los periodistas,  salvo en familia o con amigos, están siempre trabajando, porque  han elegido actividades de tiempo completo, pero dicho esto no sólo en un sentido convencional y formal sino real y  total.   Por eso, tanto el ejercicio de la diplomacia como el del periodismo  requieren una gran pasión. Y una buena relación -respetuosa y confiable- entre quienes ejercen una y otra puede -me consta- rendir excelentes frutos, personales y profesionales.

Señalo lo anterior porque también mi doble experiencia profesional, al ponerme en distintas circunstancias de uno y otro lado del quehacer profesional, me ha hecho conocer ciertos desencuentros entre diplomáticos y periodistas vinculados a la resistencia o al exceso de prudencia por parte de aquellos, en lo que hace a brindar información,  por temor -muchas veces legítimo- a que ella no fuese tratada debidamente, y por ende, en lugar de servir para informar a la opinión pública, terminase desinformándola.

De todos modos, los funcionarios del Servicio Exterior de la Nación deben tener muy en claro los siguientes presupuestos:

.-. Que la prensa en una democracia constituye una de las herramientas que más puede contribuir a la formación del juicio de un hombre libre y socialmente integrado. Y que ello determina que los medios de comunicación se proyecten en las instituciones.

.-. Que a eso se suma el hecho de que en el escenario actual, las nuevas  tecnologías han producido una notable alteración del sistema comunicativo, ya que el modo de elegir y ofrecer las noticias no sólo determina la agenda de lo considerado importante, sino que además, yendo más allá del simple reflejo de los hechos, llega incluso a construir la realidad social.

.-. Que el arsenal técnico que sirve para que la información sea universal e instantánea, y llegue sin interrupción a todas partes, conforma un universo que adquiere las dimensiones de un poder sin límites, hasta el de transformar los meros hechos en acontecimientos con el valor que los medios determinen.

.-. Que el avance exponencial de la electrónica y de la información es un segmento de una revolución que abarca todos los aspectos de la vida humana, lo que obviamente incluye las relaciones internacionales.

Claro está que de allí surge de manera  imprescindible poner énfasis en la gran responsabilidad que les cabe a los profesionales de la comunicación, dado que los acontecimientos,  aun cuando tengan una existencia independiente, sólo adquieren significación cuando se convierten en relatos determinantes de sentido para la vida de la sociedad.  Y esa responsabilidad es aún mayor si se tiene  en cuenta que entre los usuarios y los medios se establece una relación por la cual los destinatarios de la información creen en general que se les ofrece una información confiable, sobre todo por el condicionamiento que produce la oferta de productos comunicativos.

Ahora bien, como lectores de medios, los diplomáticos deben saber que al ser las noticias la fuente principal para definir la realidad social, los periodistas, a fin de  poder cumplir con  su función, deben poseer credibilidad, lo cual no excluye infinidad de eventuales estrategias de comunicación que puedan hacer creíble una realidad aparente e ilusoria, a través de la manipulación y de la distorsión.

Tampoco deben ignorar  que compete a la actividad periodística recoger los hechos y los temas, y atribuirles un sentido y significación valorativa, cosa que les puede tocar muy de cerca cuando se trata de ofrecer información sobre cuestiones vinculadas a la política exterior. En tal sentido, no puede escapárseles que existen  profesionales de la comunicación que actúan según sus convicciones, así como otros solo son funcionales  a lo que puedan determinar los intereses de las empresas periodísticas para las cuales trabajen. Porque es bien sabido que, con variados estímulos comunicacionales, se logra concentrar la atención de la opinión pública en determinados hechos y desviarla de otros, desplazando centros de interés por el sencillo mecanismo de la desaparición de noticias. Además, un fenómeno que es preciso tener en cuenta es la creciente interacción que se establece entre los medios y la opinión pública. Porque frente a determinadas campañas periodísticas, aquella reacciona funcionalmente con sus demandas, realimentando el proceso de los medios, que informan luego sobre las reacciones que ellos mismos han provocado.

Sin embargo, frente a estos complejos problemas, considero que la actitud de la Cancillería  no debería consistir en cerrarse totalmente no brindando información,  sino por el contrario, en darla de manera tan pública, amplia e inteligente desde el punto de vista comunicacional, que todos los medios, sean estos gráficos, radiofónicos o televisivos, se sientan profesionalmente obligados a editarla, y sin distorsiones.

Por supuesto, para ello sería también insoslayable llevar adelante iniciativas de formación intelectual y profesional, de acercamiento institucional y aumento de la transparencia comunicacional, fundamentalmente a través de dos recursos  paralelos. Uno de ellos sería el Instituto del Servicio Exterior de la Nación, donde los futuros diplomáticos se formen con tanto esmero en materia de comunicación, como se lo hace en otras materias tradicionales de la carrera. Así las cosas, todo funcionario debería comenzarla, muy bien dotado ya, técnicamente, no solo en el buen uso de nuestro idioma, sino también con capacidad para el buen análisis y la correcta interpretación de la manera de presentar a los medios las noticias, del modo de titularlas, así como del contenido de todo tipo de textos periodísticos: políticos, económicos, internacionales, sociales o culturales. Y sin pretender, por supuesto, hacer de nuestros diplomáticos comunicadores profesionales,  sí dotarlos en cambio, más allá de sus capacidades naturales personales en ese ámbito, de una formación que les permita desempeñarse como verdaderos interlocutores de los periodistas locales o extranjeros, aquí o en el exterior.

El otro recurso sería el de dotar oficialmente a la Cancillería, dentro de su organigrama, de una importante Dirección General de Prensa y Comunicación, a cargo de un embajador de carrera, e integrada por funcionarios diplomáticos con buena formación en comunicación, acompañados por un par de periodistas contratados como asesores de dicha Dirección.

En verdad, son tiempos muy complejos los que nos ha tocado vivir, pero muy interesantes.  Este es nuestro mundo y nuestra realidad,  donde diplomáticos y periodistas  tenemos que cumplir  nuestras misiones. Y yo no veo razones valederas para que puedan existir problemas en las relaciones institucionales entre la prensa y la Cancillería, sino que lo lógico y razonable es que exista una relación de mutua colaboración. Desde la diplomacia, dando toda la información posible en el momento oportuno. Desde la prensa, transmitiendo esa información de manera veraz, con la mayor dosis de objetividad posible, y cuidando de no dañar las relaciones o las negociaciones bilaterales o multilaterales,  mediante indebidas  presiones  mediáticas.

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La fotografía que ilustra este artículo muestra al argentino Alejandro Orfila (secretario general de la OEA), entrevistado por Albino Gómez (Washington DC, 1979).

*Periodista, escritor y embajador de Carrera. Profesor en la Diplomatura en Cultura Argentina del Instituto de Cultura del CUDES.


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