La primera soberanía

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Por Juan Francisco Baroffio*

La Soberanía Nacional es un concepto muy utilizado en la discursiva política. Todos los gobiernos (sea cual sea su bandera), gustan de jactarse de que bajo su administración el país es “soberano políticamente” y “soberano económicamente”. Pero cabe preguntarse, ¿dónde queda la soberanía cultural?

Nuestro país atraviesa una crisis de valores como nunca antes. El sentido del trabajo como dignificación de lo humano se halla degradado, cuando no extinto en ciertas porciones de la sociedad. La corrupción se ha extendido como la gangrena y se la disimula con el título de “viveza criolla”. Entre la lista inmensa que podríamos elaborar, los valores culturales estarían en el top 5. Pero no hablamos de cualquier cultura, sino de la propia. Aquella que se ha construido con el devenir de los tiempos y que heredamos de nuestros antepasados. Aquello que llamamos “tradición”. Hoy en día subsisten reductos de la “nacionalidad”, pero pierden terreno de forma vertiginosa. El recuerdo del 10 de noviembre de este año, Día de la Tradición, brilló por su ausencia.

No está mal tener una mente abierta a las nuevas tendencias mundiales, o tener la curiosidad de saber cómo se come en China, cuál es el autor más importante de Inglaterra o cuál es la última película de Hollywood. Todo eso sirve para el enriquecimiento cultural, para el desarrollo pleno y el  gozo espiritual de los individuos. El problema reside en que si la base de la propia identidad es muy débil, fácilmente queda subsumida y aplastada por la que se incorpora.

Sería un poco ingenuo esperar que Atahualpa Yupanqui sea más popular que Justin Bieber, entre las adolescentes argentinas. Lo mismo, pretender que los niños se regocijen más con Super Hijitus que con Ben 10. Obviamente, las modas juveniles seguirán calando hondo en el público al que van dirigidas. Lo malo es el desconocimiento absoluto de lo propio. Este desconocimiento de la cultura argentina lleva a la larga a no defender a la Patria. ¿Qué importa que un cantante barra el piso con la enseña patria, si no sabemos lo que ella representa?

Conocer la cultura patria es defender la patria. La soberanía económica también se pierde si no hay soberanía cultural. ¿Cómo? Si sólo anhelamos los productos impuestos por modas extranjeras, privilegiaremos a empresas de otros lados. Nos volveremos dependientes de esas empresas y esos productos. Y cuando eso ocurre, también se pierde la soberanía política. Porque para satisfacer nuestras necesidades quedamos desamparados ante la expectativa (y también a las presiones), de esos países.

Cuando en 1845 se perdió la batalla de la Vuelta de Obligado, no se perdió la guerra. ¿Por qué? Porque el pueblo todo (a excepción de algunos pocos), sintió que la agresión anglo-francesa no era contra un gobierno o persona determinada. Sintió la ofensa como propia. Masiva y espontáneamente, sin necesidad de una represión feroz, se boicotearon los productos producidos por esas potencias. El objetivo comercial, que era introducir manufacturas en detrimento de la industria nacional (incipiente), se vio frustrado, y así, se hizo aún más difícil el segundo objetivo, de índole político: desmembrar la Confederación Argentina, para crear un nuevo Estado fruto de la escisión de Corrientes y Entre Ríos.

En los centros de formación de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, se suele encontrar un cartel que reza: “Aquí se enseña a defender a la patria”. Podríamos poner ese cartel en cualquiera de nuestros museos, centros culturales y bibliotecas, en las portadas de los libros de autores argentinos y hasta en las cajas de cds de cantautores nacionales. Amar la patria, es conocerla. Y mal se puede defender aquello que se ignora.

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*Escritor. Investigador. Director de Seminarios del Instituto de Cultura del CUDES.


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