Llegó la revista del Papa

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Por Roberto Bosca*

Hasta hace poco más de un año, ir a Roma videre Petrum -para ver al papa- era ciertamente algo reservado a un número limitado de argentinos, pero la elección de Francisco desató una verdadera avalancha de viajeros y se convirtió incluso para algunos en un mandato similar a la tradicional peregrinación a la Meca o Hajj o Haj que es uno de los cinco pilares del Islam.

No hace falta explicar que el papa se ha convertido en poco tiempo y de un modo asombroso en una figura estrella, quizás la primera, entre quienes ocupan hoy los espacios de la sociedad mediática. Los grandes diarios publican suplementos populares con el relato de su vida y su presencia en los kioscos revela que la literatura bergogliana ha calado profundo en el alma del pueblo.

Esa misma profundidad es la que explica el interés e incluso la ansiedad de verlo cara a cara, si es posible dialogar con él y en todo caso vivir la experiencia de una relación personal (para decirlo con el eslogan televisivo, en vivo y en directo), que más allá de alguna doble intención, aparece de un modo muy vivo en una multitud de personas (no sólo cristianos), no solamente en la Argentina sino en todo el mundo.

Crónicas romanas

Como nadie quiere ser una excepción a tan magnífica regla, cuando menos me lo esperaba me encontré rodeado de una multitud efervescente que vivaba enfervorizadamente al papa en medio de la imponente columnata coronada por el cupulone, que certificaba de un modo inconfundible que nos encontrábamos en plena Piazza San Pietro, el emblemático corazón de la cristiandad.

Uno de los datos que entonces llamó mi atención, entre tantos otros de un momento tan cargado de emoción, fue un grupo de jóvenes que se agitaban a mi alrededor bajo una consigna repetida incansablemente y que es la expresión de un corazón enamorado. Agucé el oído, y pude así entender claramente  el sintagma que en su lengua materna y al límite de sus pulmones ellos gritaban a un ritmo letánico con todo su entusiasmo juvenil: ¡uno di noi! Uno de nosotros.

Pero lo que en ese  mismísimo instante pude comprender, no fue tanto el mero significado lingüístico de unas palabras, como su más humano y divino prístino sentido. Uno de los motivos de esa identificación popular tan característica del actual pontificado  es la percepción en el papa de la vibración radical del amor, más allá incluso de constituir la ortodoxa encarnación de una fe religiosa.

No es una cuestión de palabras. Uno parece encontrarse  entonces en una de esas situaciones en que se comprueban empíricamente aquellos lugares comunes y un tanto cursis que siempre ha escuchado a través de estereotipos como “el lenguaje universal del amor”,   porque no era preciso comprender el significado para entender su sentido.

La percepción del misterio

Pude percibir entonces una verdad esencial para aprehender o quizás descular (para decirlo en lenguaje bergogliano, que no es, aunque lo parezca, un porteñismo), lo que estaba allí mismo sucediendo, y que se replicaba por millones en todo el mundo.

Amalgamado en la multitud, me sentí uno de ellos, al descubrirme hermano por ser hijo, y es que cada uno de los que allí estábamos viviendo una experiencia de catolicidad sentía de un modo absoluto y lejos de cualquier mezquina interpretación populista,  que el papa no era alguien lejano y ajeno, ni siquiera alguien como ellos, sino que el papa era uno de ellos. Era uno de nosotros.

No pude dejar de pensar tampoco que en toda la historia de la Iglesia la mayoría de los fieles no sólo no veía nunca al papa a lo largo de toda su vida, sino que ni siquiera conocía su semblante o sus rasgos físicos. Sin embargo, ello no impediría el amor del pueblo cristiano al sucesor del apóstol Pedro y hacía de la unión con Roma un rasgo constitutivo de su fe, sabiendo que allí se encontraba la prenda de la unidad.

El papa cotidiano

Pero la sociedad global y la cultura mediática admiten ahora otras nuevas realidades muy diversas a aquellas hoy tan lejanas en el tiempo. Por eso no me sorprendió encontrar (lector impenitente al fin) por esos mismos días en los kioscos romanos una revista dedicada al papa que exhibía en su tapa, en grandes caracteres tan blancos como la alba figura del pontífice, la leyenda Uno di noi.Francesco e la sua Chiesa. Me fijé bien; no era un número especial de Gente o Famiglia cristiana dedicado al papa: todo en la revista era el papa, era la revista del papa.

Uno de nosotros. Francisco y su Iglesia es una nueva iniciativa editorial lanzada con una periodicidad mensual mientras me encontraba en Roma, en junio de este año, dirigida a transmitir no solo a los creyentes sino también a quienes aun fuera de los límites de la Iglesia sintieron algo más que una mera empatía, ese ardor humano y divino que tan intensamente pude experimentar en esa clara mañana llena de luz  en Piazza San Pietro.

Un rasgo estilístico de la revista consiste en transmitir en un lenguaje muy llano y con una gran profusión gráfica la realidad viva de Francisco, no solamente mediante sus mensajes y sus gestos sino también a través de lo que los testigos  -desde el cristiano cualumque al más alto cardenal- dicen de él, aun los increyentes.

No faltó mucho para descubrir otra revista, esta vez de frecuencia semanal –que sigue la modalidad que iniciaron los ejemplos de Time o Newsweek en el mundo anglosajón-, que había comenzado a aparecer en marzo con un formato y un contenido similar, aunque con su propia personalidad. Era Il mio papa, con una bajada aclaratoria:Il primo settimanale al mondo su papa Francesco”, que también me apresuré a adquirir, y que es una producción del grupo editorial Mondadori, uno de los más importantes del mundo.

Hay que decir ahora -y ésta es la novedad- que este itinerario gráfico continúa en Buenos Aires, donde acaba de aparecer La revista de Francisco, con una apariencia visiblemente similar (incluso formal) a sus hermanas italianas, pero en idioma castellano. No vi en Madrid una publicación parecida, por lo que habrá que concluir, al menos de modo provisorio, que seguramente sea la primera en la lengua del papa.

A lo largo y a lo ancho de 82 páginas, incluyendo un inevitable póster, se pasa revista al todo Francisco, desde la seguridad del papa vista por expertos, hasta detalles de su gestión, como el incremento  estadístico en el número de los fieles y el regreso a casa, pasando por rarezas como los regalos que ha recibido y  una revista al  hoy sobreabundante merchandising papal, un detalle acaso frívolo pero un signo revelador también de su omnipresente popularidad.

La fe del pueblo

Resulta previsible conjeturar  que la aparición de este nuevo género de publicaciones que muestran al grueso del pueblo el ministerio petrino a través de la vida y obra del papa Francisco va a suscitar algunas desconfianzas, reticencias y aun protestas de parte de los fiscales de la fe o de  quienes buscarán con la lupa inexactitudes, expresiones ambiguas e incluso erratas doctrinales (de las que no están exentos). También habrá quien no encontrará de su gusto un estilo que recuerda a las revistas del corazón, con su mundo de chismes y frivolidades.

Es verdad que aquí no hay que buscar silogismos ratzingerianos, pero nadie ha dicho que la conversión sea un proceso intelectual. El existir humano es una trama compleja y creo que hay que reconocer que también la pastoral durante mucho tiempo se dejó influenciar por un acento racionalista e intelectualista, que ciertamente no agota la riqueza de una realidad tan rica como es la de un acto de fe.

La piedad popular es un espacio de encuentro con Jesucristo, del mismo modo que puede serlo una lectura de alta teología o la de un escritor místico del Siglo de Oro. La imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, una de las obras más alabadas de la vida cristiana que es considerada un clásico de la literatura religiosa, no fue concebido como un libro erudito, sino como un instrumento de ascética al servicio  de la espiritualidad de una multitud de almas, y así lo ha sido a lo largo de los siglos.

Las fiestas patronales, vía crucis, procesiones, novenas, rosarios, danzas y cánticos del folklore religioso, el cariño a los santos y a los ángeles, las promesas, las oraciones en familia, considerados antaño realidades espirituales de segunda categoría, constituyen la religiosidad popular que manifiesta a su modo el camino de la salvación para todos.

Fue el marxista italiano Antonio Gramsci quien concibió la idea de una revolución cultural como la forma posible de cambiar  y destruir la fe del pueblo, inspirándose en lo que él mismo pudo ver  que había sido la labor de la Iglesia católica a lo largo de su historia.

Literatura popular y religiosidad popular

Por todo esto creo sinceramente que estas actuales mediaciones periodísticas constituyen, con sus más y sus menos, salvadas las distancias y mutatis mutandis (cambiando lo que haya que cambiar),  una nueva forma -como lo fueron en su momento las cantigas medievales o el romancero castellano en la modernidad, de expresar culturalmente la fe del pueblo, la religiosidad popular, que ha sido considerada  por Benedicto XVI como el precioso tesoro de la Iglesia Católica en América Latina.

Hubo toda una saga de literatura  de ficción de temática religiosa o católica que ocupó un lugar propio en la cultura y que gozó de una gran popularidad. Basta recordar los nombres del  jesuita jerezano Luis Coloma, en España o de Manuel Gálvez y Hugo Wast,  entre nosotros, y  más modernamente  los best-sellers de Morris West, ya en una perspectiva global. Pero también hubo una novelística anticatólica, uno de cuyos representantes podría ser el valenciano Vicente Blasco Ibáñez, ratificando aquel dicho de que los españoles siempre van tras los curas, con una cruz o con un palo.

Es posible que las églogas teatrales que anuncian el nacimiento de Cristo de Juan del Encina posean  un vuelo lírico tal vez difícil de encontrar en los aires chamameceros de una celebración de la fiesta del Señor de Mailín, donde incluso  la categoría verdaderamente espiritual se encuentre acaso velada u oscurecida. Sin embargo, y para ir a lo esencial, no se puede desconocer que en ambos casos late la misma búsqueda de lo divino que es una constante perenne en el corazón humano de todos los tiempos.

Porque,  si hemos de recurrir a los clásicos de la literatura mística universal, tenemos que convenir que la relación con la divinidad  no es un descubrimiento privativo de un monje benedictino entonando maitines, sino que el Señor está de un modo tan vivo en los conventos como, según la doctora de la Iglesia Santa Teresa de Ávila, entre los pucheros y cacharros. También en una revista semanal.

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* Autor. Ensayista. Doctor en Derecho. Profesor de la Universidad Austral. Director Académico del Instituto de Cultura del CUDES.


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