Marta Minujín, otra mirada

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Por Diego Murphy *

Hace poco, en la ciudad de Buenos Aires, pudimos apreciar otra de las tantas obras de Marta Minujín, “La Torre de Babel”, con libros en todas las lenguas.

Hacía mucho tiempo que Marta no desplegaba una pieza de monumentales características. Pero esta ausencia no implica su desconocimiento. Minujín fue y sigue siendo la artista más mediática de la Argentina, reconocida por todos, tanto en lo que respecta a su obra, como a su vida, entendidas como una misma cosa.

Ahora bien, qué contar de alguien tan conocido, que ha convertido su imagen en una construcción cotidiana dentro del imaginario social. Difícil, pero cuando uno se adentra en el universo Minujín, se da cuenta de que no todo lo que existe es brillo y espectáculo, que hay mucho más por detrás, escondido, algo que lejos de ser casual, fue una estrategia puntual de la artista.

Breve reseña: Marta Minujín nace un 30 de enero, a principios de los años 40’ (aún está en discusión el año exacto de su nacimiento, ya que falsificó su documento en la adolescencia). Vivió en la calle Humberto Primo, barrio de San Cristóbal. Su familia estaba compuesta por su padre, León Minujín, médico; su madre, Amanda Inés Fernández, ama de casa, poeta, pianista y exploradora; y su hermano, Luis Andino Minujín, ocho años mayor que ella.

Luego de una infancia compleja y poco feliz (así lo declara la artista), relegada completamente ante la figura de su hermano, quien seguía los pasos de su padre, Minujín convierte ese espacio vacío en un ámbito de libertad y ya a los 12 años concurre a las tres escuelas de arte más importantes de Buenos Aires; como si fuera poco también asiste, sin inscribirse por supuesto, a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

En 1957 muere su hermano, enfermo de leucemia. Marta pinta su primer autorretrato; se recibe de maestra de Bellas Artes y escribe su primer poema, texto que sobrevive hasta la actualidad (recalco esto ante la capacidad de Minujín de destruir o dejar que se destruya todo lo que creó en su primera etapa como artista). El texto dice:

Escúchame muerte a ti te hablo,

Tú que provocas llantos,

En seres sin verdades,

Que siembras de muecas,

Rostros sin bondades,

Tú que cierras la vida,

Para aliviar cargas vanas y dejar sin materia,

Estas almas humanas,

Tú que llenas tus manos,

De cuerpos tan mustios,

Que sus almas vuelan,

En busca de refugio,

Tú dueña de lo inerte,

Quiero conocerte,

Quiero que me digas,

Todo lo sincero que tiene la muerte.

Marta Minujín, desde muy temprano, decide ser artista y su carisma toma una consistencia de bala de cañón, que se proyecta con violenta certeza hacia el futuro y que no ha disminuido hasta el día de hoy.

Cuando se habla con Marta uno se da cuenta de que no hay espacios de calma: Minujín atropella el tiempo y las palabras en pos de una vorágine que la ha caracterizado siempre, como su peluca rubia y sus anteojos negros, que no son más que una fachada para dejarnos ver tan solo su personaje warholiano, mediático, magnánimo, reservando para unos pocos la otra Minujín, la esposa, la madre de dos hijos, el ama de casa… como ella misma dijo en una nota para adn, “La Nación”:

“… Soy como una esquizofrénica, tengo una doble personalidad, la pública y la privada. No mezclar me salvó… yo quería ser artista pero no sacrificar ser mujer; quería hijos, nietos y marido… para los amantes no hubo tiempo porque mi amor es con el arte…”

Como dije al principio, no todo en Marta Minujín es brillo y espectáculo; hay otra parte, condensada en la vida familiar, lejos de los flashes y las cámaras.

Mientras, la que conocemos continúa produciendo incansable luego de décadas de arduo trabajo.

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* Artista plástico.  Columnista de arte. Guía - Educador (MALBA). Profesor en el Instituto de Cultura del CUDES.


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