La pasión argentina de Bernardo Canal Feijóo

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Por Antonio Requeni*

El año pasado se cumplieron treinta años de la muerte de un escritor argentino sobre quien, como ocurre con tantos otros, se ha corrido una cortina de silencio tras su desaparición. Bernardo Canal Feijóo escribió libros en los que se propuso profundizar el análisis de lo que fuimos, lo que somos y lo que podríamos llegar a ser.

Tras su empaque doctoral, enérgico y sereno a la vez, alentaba un espíritu emotivo, una sensibilidad que no se exteriorizaba fácilmente pero en la que se intuía la rica gama de sentimientos que van de la pasión a la ternura. Durante los encuentros que mantuve con él en sus últimos años tuve ocasión de apreciar el vigor y la precisión de un pensamiento que lo había llevado a figurar entre las personalidades más distinguidas de nuestro medio intelectual, así como su infrecuente calidad humana, su ejemplar conducta, su noble generosidad.

Abogado, sociólogo e investigador, quiso llegar a las secretas vertientes de la identidad nacional indagando en los mitos, las creencias y las expresiones artísticas populares; prestó oídos, desde su Santiago del Estero natal, a las voces anónimas y unánimes de la sociedad criolla o indígena. Frutos de esa actividad fueron sus libros Ensayo sobre la expresión popular artística en Santiago del Estero, Mitos perdidos, De la estructura mediterránea argentina, Burla, credo y culpa en la creación anónima, Sociología, etnografía y psicología en el folclore y La leyenda anónima argentina, entre otros.

Fue también un conocedor profundo del derecho y la historia, dedicado a bucear en los conflictos políticos y sociales; un teorizador liberal y un agudo intérprete de nuestro pasado y nuestro presente en obras como Alberdi, Constitución y revolución. La frustración constitucional, Alberdi y la proyección sistemática del espíritu de Mayo, Fundación y frustración de la historia argentina y Teoría de la ciudad argentina. A estos volúmenes habría que añadir los que, a través del lúcido análisis de  autores como José Hernández y Leopoldo Lugones, tratan de desentrañar hondas claves de la nacionalidad: De las aguas profundas en el Martín Fierro, Lugones y el destino trágico y El canto de la ciudad.

Pero la riqueza intelectual de este gran argentino no se agotó en la permanente y pertinaz meditación signada por aquella pasión argentina que desveló a Sarmiento, Mallea y Martínez Estrada. Dicha preocupación está presente, asimismo, en una labor creativa de notables y no justipreciados valores. Canal Feijóo era también un artista, un originalísimo poeta y un magnífico dramaturgo. Su primer libro, publicado en 1924, fue un volumen de versos: Penúltimo poema del fútbol -en su juventud practicó el fútbol, entre otros deportes-. Obra desconocida por las generaciones sucesivas, su autor tuvo el mérito de cultivar el ultraísmo desde Santiago del Estero, prácticamente al mismo tiempo que Borges hacía conocer esa corriente estética en Buenos Aires. La rueda de la siesta, Sol alto y La rama ciega son otros tomos de poesía que merecerían  ser reeditados para mostrar esa faceta olvidada del fecundo escritor.
En cuanto al otro género practicado por Canal Feijóo como creador -el teatro- baste mencionar Pasión y muerte de Silverio Leguizamón, drama grandioso, con tema de resabios hernandianos y enriquecido por un intenso lirismo, que parece destinado más al cine que a las limitadas dimensiones de un escenario teatral. En conversación con el escritor, este aceptó dicha hipótesis, a la que yo agregué la convicción de que, en manos de un buen director, podría haber llegado a ser nuestra gran película nacional. Otras obras que escribió para la escena fueron Los casos de Juan (ciclo popular de la picardía criolla) y Tungasuka, tragedia americana estrenada en el Teatro Municipal San Martín en 1962.

Bernardo Canal Feijóo era, al morir, presidente de la Academia Argentina de Letras. Anteriormente había sido decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de La Plata, director de Actividades y Relaciones Culturales de la Universidad Nacional de Buenos Aires y fundador del Museo Arqueológico de Santiago del Estero. Obtuvo importantes distinciones, entre ellas el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Titular de un comité de solidaridad con los presos políticos españoles durante el régimen franquista, viajó varias veces a España, junto con Luis Emilio Soto, y a otros países de Europa y América en una constante prédica en favor de la libertad y la vigencia de los derechos humanos. En cumplimiento de esa función, participó en congresos donde se hizo amigo de prestigiosos escritores extranjeros, como el norteamericano Allen Ginsberg y el francés André  Malraux, del que había sido su primer traductor en la Argentina.

Como dije al comienzo, tuve oportunidad de visitar al anciano pero todavía vigoroso  maestro varias veces en su departamento de la calle Juncal. Una tarde me leyó parte de una obra de teatro que había terminado de corregir, en la que recreaba el asesinato de Justo José de Urquiza (tengo presente el vibrante pasaje en el que Urquiza se encuentra con Sarmiento en Concepción del Uruguay). En otra ocasión me leyó un maravilloso relato tomado de la tradición popular anónima, “La vieja que le ganó por un pelo al Diablo”. Ni el cuento fue publicado ni la obra de teatro se representó. ¿Por qué somos así los argentinos? Con excepción de algunos nombres -Borges, Cortazar, Marechal-, cuando un escritor muere lo sepultamos por segunda vez en el olvido, y la atención pasa a ser requerida por escritores vivos no siempre dignos de interés pero que poseen la necesaria destreza para desarrollar sus estrategias promocionales.

Bernardo Canal Feijóo perteneció a una categoría intelectual superior. Profesó el culto de la ética y nos dejó al morir el legado de una obra extraordinariamente valiosa. Pero esa herencia todavía no ha sido aprovechada.

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* Poeta. Escritor. Periodista. Profesor en la Diplomatura en Cultura Argentina del Instituto de Cultura del CUDES.


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