El sepulcro de la beata María Antonia de Paz y Figueroa se incorpora a nuestro repertorio del Patrimonio Nacional declarado

Por  Oscar Andrés De Masi*

El pasado domingo 9 de noviembre, en horas de la tarde, la iglesia porteña de Nuestra Señora de la Piedad fue escenario de una ceremonia de singular significación religiosa y cultural. Se trató del acto de bendición, presidido por el Arzobispo de Buenos Aires, cardenal Poli, de una placa recordatoria que se colocó junto a la tumba que, desde su traslado en 1913,  guarda los restos venerables de María Antonia de Paz y Figueroa, la “Mama Antula”, una heroica mujer argentina de tiempos coloniales. Durante el acto se dio lectura al decreto presidencial, recientemente aprobado, y cuya redacción fue confiada al autor de esta nota en su carácter de experto en patrimonio religioso y funerario de Buenos Aires.

Finalizada la bendición, las Hermanas Misioneras del Divino Salvador colocaron una ofrenda floral y se celebró una misa, presidida por Monseñor García, a quien acompañó el postulador de la causa de canonización de la beata, venido desde Córdoba, el cura párroco y otros sacerdotes.

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María Antonia de Paz y Figueroa había nacido en Santiago del Estero y remontaba su abolengo al fundador de pueblos santiagueños, el general Juan José de Paz y Figueroa. A los 17 años decidió consagrar su vida haciendo votos de castidad, pobreza y obediencia, y comenzó a vestir la túnica negra de la Compañía de Jesús, que en adelante sería su vestimenta habitual. Se convirtió así en flamante “beata”. Es interesante caracterizar a aquellas “beatas” de tiempos coloniales: se desarrollaron cercanas a la Compañía, pero no eran monjas, ni siquiera una rama femenina de los padres jesuitas, ni terciarias, ni “religiosas” en sentido estricto. Tampoco residían en conventos sino en casas particulares que se llamaron “beaterios”. Practicaban intensamente la piedad religiosa, pero también las formas solidarias de la caridad con los pobres, los enfermos y los presos. Adelantaron, a su modo, las opciones preferenciales que la Iglesia asumiría como programa ético dos siglos más tarde.

La expulsión de los jesuitas, en 1767, había causado una profunda grieta en la práctica espiritual y en las costumbres de las provincias rioplatenses. María Antonia percibió con marcada anticipación este déficit y sus consecuencias en la moral social general del país. En la lejanía del beaterio de Santiago del Estero, nuestra heroína fue descubriendo una vocación singular, que la llevaría lejos de su tierra y más lejos aún, a los anales de nuestra historia patria.

En el año 1779 emprendió su viaje misionero a Buenos Aires. Antes, había recorrido su propia provincia, Salta, Jujuy, La Rioja, Catamarca, Tucumán, San Luis y Córdoba, en una campaña de recuperación de los “ejercicios espirituales” según el método ignaciano, sin precedentes.

Su travesía a Buenos Aires la hizo a pie y descalza, apoyada en su vara con forma de cruz, afrontando no solo un viaje casi interminable, sino los peligros y las inclemencias de aquellos caminos. Una de sus compañeras beatas pereció en el intento. María Antonia sufrió aquella pérdida, pero fue fuerte y fue valiente. Fueron trescientas leguas… Fueron tres meses…

Llegó a Buenos Aires y unos muchachos que la creyeron loca, la recibieron a pedradas, casi a las puertas de la antigua iglesia de La Piedad. Allí entró a orar: necesitaba esas fuerzas que solo provee una fe de hierro. Fue el primer templo porteño que pisaron sus pies agotados y llagados. Por eso lo eligió, en la hora de su muerte, como lugar para su sepultura.

No fue fácil convencer al obispo y al virrey del “sentido” misionero de su presencia en Buenos Aires. Pero al final lo consiguió. Yo no dudo de que su santidad habrá sido fulgurante y casi tangible. Llevaba en su persona entera el bonus odor Christi, el perfume de Cristo, que mencionó el apóstol Pablo.

Obtuvo licencia para abrir una “casa de ejercicios”, primero en los barrios de San Miguel y de Montserrat. Y luego, en su actual emplazamiento de la avenida Independencia: la Santa Casa de Ejercicios Espirituales (declarada monumento nacional en el año 1942, por iniciativa de Ricardo Levene y de Enrique Udaondo). Tras los muros de su arquitectura claustral e introvertida comenzaba a ocurrir un fenómeno de espiritualidad que contagiaba a la sociedad porteña y que lograba el renacimiento, con nuevas energías, de las prácticas jesuíticas. Allí acudían obispos, sacerdotes, virreyes, magistrados, comerciantes, militares y gente del pueblo en busca de iluminación interior. Y fuera de aquellos muros, cuántas veces se la vio a la beata recorrer las calles de la “gran aldea” llevando ayuda material y consuelo a los afligidos por la pobreza o la enfermedad y a los miserables que poblaban el presidio del Cabildo. Y como si no bastaran las polvorientas calles de Buenos Aires, se hizo presente en Colonia y en Montevideo.

Falleció el 7 de marzo de 1799 en la celda número 8 de la Santa Casa. Todo Buenos Aires la lloró como a una mujer heroica y santa. Quienes acudieron a su velatorio tomaron reliquias de su hábito. Entre ellos, el virrey Olaguer y Feliú. Se la sepultó sin féretro y sin epitafio, en tierra, en el pequeño camposanto de La Piedad, según ella misma lo indicó. Pero en previsión de su futura fama, las hermanas de la congregación que ella fundó le colocaron, para identificarla algún día, un leño de ñandubay a modo de cabecera. Y ese día llegó: en 1867, cuando los maestros arquitectos Nicolás y José Canale comenzaron la demolición del viejo templo colonial de La Piedad para levantar el actual edificio neorrenacentista, una aparición prodigiosa (una niña vestida de blanco) indicó el sitio donde se hallaba la sepultura. Allí estaban los huesos venerables de la beata, junto al trozo de ñandubay y una cruz del rosario de Jerusalén, que siempre llevaba al cuello.

Los restos se colocaron, provisoriamente, en una urna hecha de guindo, en el camarín de la Virgen de La Piedad. Pero su grandeza reclamaba un monumento más vistoso y más digno de su nombre. En 1913, el P. Marcos Ezcurra, canónigo de la Catedral y postulador de la causa de beatificación, hizo construir un sepulcro sobre la nave derecha e hizo colocar una bella escultura de mármol blanco encargada en Génova. Es su tumba definitiva, que el Poder Ejecutivo Nacional, a instancias de quien escribe estas líneas, y con el visto bueno de la Comisión Nacional de Museos  y de Monumentos y Lugares Históricos, acaba de declarar en la categoría legal de “sepulcro histórico nacional”. Ostenta, así, el rango patrimonial de otras tumbas ilustres e indispensables para nuestra identidad nacional: las tumbas de San Martín, de Belgrano, de Sarmiento, de Güemes, de Saavedra, de Pueyrredon, de Avellaneda, de Roca, de Newbery, de Gardel, de las maestras sarmientinas, de Cecilia Grierson, del Almirante Brown… y de tantas más que integran el repertorio del patrimonio funerario declarado a nivel nacional.

Así, la memoria ejemplar de la beata María Antonia de Paz y Figueroa, “Mama Antula”, heroína solidaria de los albores de nuestra patria, se instaló ya en tres lugares de donde nunca podrá ser excluida: nuestra memoria histórica, nuestro repertorio patrimonial y nuestros corazones argentinos. Solo falta que venga a ocupar su lugar en los altares. Y confiamos en que ese compatriota que hoy reside en la sede romana no defraudará nuestra esperanza.

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* Abogado especializado en patrimonio monumental. Escritor. Historiador. Profesor del Instituto de Cultura del CUDES.


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