Ese al que llamamos Rosas

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Por Juan Francisco Baroffio*

Trece años extensos he dedicado, hasta ahora, al estudio de la vida y la época de Rosas. Primero fue la curiosidad juvenil, torpe, atolondrada y desordenada. Fue un estudio sumamente amateur, que derivó en un fanatismo inmaduro y ardoroso. Hice mío el grito de “muerte a los salvajes unitarios”, y todos los que no compartían mi visión eran víctimas de mi mazorca imaginaria. Aun los grandes hombres de nuestra historia.

Con los años ese estudio se volvió más ordenado. El método reemplazó a la curiosidad y la meticulosidad se hizo lugar y echó raíces. Me di cuenta de lo mucho que ignoraba y de que mi fanatismo me había arrastrado a la opinión rápida e irrazonada. Me llamé al “ostracismo” por algunos años y no emití más que tímidos comentarios. Estos años fueron los más fructíferos, pues me dediqué a estudiar y no a hablar. Mi biblioteca fue enriqueciéndose, a diferencia de mi bolsillo. Esta dedicación (que muchas veces faltaba a mis estudios de abogacía), se fue profesionalizando. Y sin darme cuenta me hice bibliófilo. Pero eso es otra historia. Tanta variedad de libros fueron adquiridos en ese tiempo, que hoy mi biblioteca está poblada de títulos que se contradicen rabiosamente y hasta algunos que se calumnian entre sí. Autores famosos e ignotos, serios y puramente fanáticos, conviven en apretada armonía en los estantes.

Recién hace pocos años sentí que podía dar una opinión que valiera algo. Fue gracias a la ayuda y conversaciones con intelectuales de renombre, y que en algunos casos, no compartían en nada mi visión sobre Rosas. A todos los conocí por el Instituto de Cultura del CUDES. A mi memoria vienen: María Sáenz Quesada, Roberto Bosca, Isidoro J. Ruiz Moreno, Juan Luís Gallardo, Néstor Tomás Auza, Pedro Barcia, Fernando Díaz Gallinal, Mariano Fazio, Carlos Floria, Lucía Gálvez, Archibaldo Lanús, Carlos Martínez Sarasola.

Mucho tiempo tuvo que pasar para poder escribir sobre Rosas. Viendo la extensa bibliografía que hay sobre el tema y los innumerables testimonios y documentos de época, parecería cosa fácil. Pero no. Estas infinitas polémicas lo convierten en uno de los personajes más ricos e interesantes de nuestro país. Hoy, a 137 años de su fallecimiento, siguen existiendo panegiristas fanáticos y encarnizados difamadores. Es por esto que las obras positivas y negativas de sus casi veinte años de gobierno parecen difusas y es difícil identificar alguna, ya que se corre el riesgo de ser caratulado como “rosista” o como “antirrosista”, e incorporarse involuntariamente al espiral de la polémica. Esto no es culpa del personaje sino de la mentalidad argentina que pretende ver todo en términos de Boca o River. Y este es el principal problema acerca del juicio sobre Rosas.

Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas y López de Osornio es sin duda el personaje patrio más estudiado y a su vez, menos comprendido. Se habla de él en todos lados. Es el monstruo antropófago, el tirano más sangriento, el villano más cruel, para sus detractores y para casi toda la línea historiográfica liberal post-Caseros. Es el héroe nacional por antonomasia, el defensor de la soberanía y la encarnación de los valores de la tierra americana, para sus panegiristas y para gran parte del revisionismo y el nacionalismo.

Endiosado y envilecido. Amado y odiado. Bueno y malo. Federal y antifederal. Héroe y tirano. Siempre encasillado. Uno de los problemas con Rosas es que se pretende estudiarlo desde una perspectiva determinada. Se quiso (y se quiere) estudiar la vida de un ser humano desde una óptica ideológica sesgada. Eso es imposible. Cualquier análisis es incompleto, parcial y falso. El ser humano es complejo en su obrar, en su pensar y en su psiquis. Sus decisiones y sus actos son frutos de su experiencia, de su educación y, algunas veces, de su descontrol. Amor, odio, pena, tristeza, alegría, temor, autoestima, son factores de la vida diaria de los que nadie escapa. Ni aun los grandes hombres como San Martín, Belgrano, Rosas, Urquiza, Sarmiento, Alberdi.

El otro problema es que se ha pretendido convertirlo en vocero de ideologías políticas muy posteriores a su tiempo e incluso a su fallecimiento. Los grupos de extrema izquierda presentan a un Rosas rodeado de gauchos, negros e indios luchando contra el imperialismo foráneo y el entreguismo local. Lo quieren reivindicar como a un “Che” Guevara antiguo. Los grupos nacionalistas de extrema derecha lo presentan como el defensor de las tradiciones hispánicas y cristianas, a la vez que un nacionalista extremo. Anhelan una mitificación a la que llaman tiempo federal y gaucho. Para hacer esta reivindicación, ambos grupos antagónicos caen en las mismas tentaciones: interpretar los hechos según sus preconceptos y excluir de sus relatos aquellos hechos o documentos que no se adaptan a la imágen que tienen preconcebida.

Y es un eco que aún perdura, aunque con menos fuerza. No hace muchos años, cuando sus restos fueron repatriados, se reavivaron algunas viejas y anacrónicas querellas. Así lo recuerda en El Jesuita, el entonces Cardenal Bergoglio: “Cuando Carlos Menem, siendo presidente, quiso repatriar los restos de un caudillo, como Juan Manuel de Rosas, enfrentó una gran resistencia y, al concretarlo, en lugar de ser un acontecimiento nacional –el permitir que descansen en su patria los restos de un hombre, que bien o mal, luchó por su país, los nacionalistas lo convirtieron en un acto sectario […] En definitiva, fue una nueva manifestación del desencuentro nacional1.

Una vez superado ese mal tan nuestro, de creer que la vida es un interminable enfrentamiento entre “ellos” y “nosotros”, podrá estudiarse a Rosas sin odio ni inexactitudes. El día en que comprendamos que Rosas y Sarmiento son parte de nosotros, que sin ellos no seríamos lo que somos, y que la historia no es lo que quisiéramos que hubiese ocurrido sino lo que ocurrió, ese día habremos dado un gran salto hacia adelante.

Que hoy tengamos su rostro en un billete, su estatua en lugares públicos, su nombre en algunas calles y hasta en una estación de subte, es indicio de que se ha dado un paso hacia adelante. Paso tímido, tal vez pequeño. Pero un paso al fin. Después de todo, parece que los argentinos podemos.

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1 En AMBROGETTI, Francesca; RUBIN, Sergio: “El jesuita”. Buenos Aires, Vergara, 2013, p. 110.

* Ensayista. Historiador. Director de Seminarios del Instituto de Cultura del CUDES.


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