La Argentina y la Utopía del Nuevo Mundo

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Por Juan Archibaldo Lanús*

Los pueblos originarios de esta parte del mundo se incorporaron tardíamente a la historia universal. Con una corta conexión con el resto del planeta, habían podido desarrollar brillantes civilizaciones en las que el nivel de conocimiento científico y del arte, así como la profundidad de la conciencia humana lograda por los más sabios chamanes o sacerdotes provoca todavía sorpresa y admiración.

Las adelantadas técnicas  agrícolas, la práctica eficaz de la medicina y el saber astronómico -un calendario maya pretende interpretar los arcanos del futuro- posibilitaron alcanzar una calidad de vida que en muchos aspectos era superior a cualquier civilización conocida hasta la época del Renacimiento. Tenochtitlán podría compararse a Constantinopla, entonces la mayor ciudad del mundo.

Anticipaciones y presagios

El encuentro con los europeos fue anticipado por presagios. Relatos antiguos guardaban la tradición de vaticinios y premoniciones sobre la llegada del blanco. En el Cuzco, durante la celebración de la fiesta del sol, dos  halcones persiguieron a un cóndor, emblema sagrado, que exhausto por los picotazos cayó en plena ceremonia. Hubo graves terremotos y en tiempos de Huayna Capac, onceavo inca, nacieron animales raros o deformados en el Rio de la Plata, donde diversos pueblos nómades vivían de la caza.

Se guarda la memoria, que consta en los archivos del Cabildo de Buenos Aires, de inundaciones exorbitantes y siete lunas llenas consecutivas, rodeadas por inquietantes aros rojizos.

Numerosos cronistas nos cuentan sobre la existencia de textos en idioma náhuatl, que anticiparon la llegada de los españoles. Inclusive, en sus Comentarios Reales, Garcilaso de la Vega asevera que Viracocha pronosticó que luego de cierto número de incas, estos iban a “quitar la idolatría y el imperio”. Titu Cusi Yupanqui Inca coloca a los españoles en el lugar de los dioses: “que pueden ser sino Viracocha” (1).

Malignas atmósferas de magia convencieron a Moctezuma de que la pérdida de aquel reino era ineluctable. El famoso texto maya, el Chilam Balam, traducido con posterioridad, había dado su vaticinio: “vas a morir”.

Del otro lado del océano se dice también que las palabras de Medea inspiraron al Gran Navegante. Séneca anunció que el océano abriría sus entrañas para revelar un nuevo mundo y entonces Tule no sería nunca más la última de las tierras.

La “cuarta parte” del mundo había permanecido fuera de la historia universal, ausente del mapa de Ptolomeo, hasta que se produce el encuentro que inaugura la mas prodigiosa transformación cultural de la que el hombre tenga noticias.

En el Universo indio europeo muchas leyendas, mitos y vaticinios anticiparon el encuentro del cual nosotros los americanos somos el fruto prodigioso de una fusión de culturas, sueños colectivos y visiones sobre la vida y sobre la muerte que impregnan aún el imaginario popular. Presentimientos parecidos al de Séneca tuvieron Aristóteles, Averroes, Marco Polo.

Algunos griegos anunciaron que hacia el sol poniente se encontraban las islas de las Hespérides o la Atlántida, y el antiguo relato de Gilgamesh describía un jardín donde crecía una planta  que daba juventud eterna.

Homero en el Canto X de la Odisea evocó a los Campos Elíseos, donde en el extremo de la tierra se vivía dichosamente. Las leyendas más prodigiosas anunciaban tierras nuevas cuya búsqueda quizás haya comenzado en Egipto con la idea de que los muertos emprendían, al dejar la vida, un viaje hacia el Oeste. Hesíodo en Los trabajos y los días hablaba de las islas de los Bienaventurados al margen del océano turbulento. Dante Alighieri en su Comedia reveló que en el “otro polo”, más allá de las columnas de Hércules y del Mar Tenebroso, existían cuatro estrellas, solo vistas por los primeros humanos.

En el Medioevo las fabulas de la “revancha social” que evocaban Jauja y Cucaña impregnaron la imaginación popular. Se puso de moda la lectura de textos antiguos, el libro de la Octava Esfera y el Astrolabio Redondo que estimularon una sed de aventuras.

Relatos, mitologías y leyendas poblaron el imaginario cultural del Renacimiento para motivar la aventura del descubrimiento y cautivar la imaginación de pueblos que querían salir del encierro territorial del Medioevo, y por qué no, buscar un Paraíso diferente del descripto en textos de la Biblia. El Edén de Adán y Eva quedaba al Este y en otras tradiciones la tierra esperada yacía al Oeste, donde el sol se ponía. En ese lugar quedó preservada la última libertad. Como un codiciado sortilegio, atesoraba el sueño de una humanidad completa donde la razón y el sentimiento se unían para brindar una eterna felicidad.

A ese lugar donde se realizó el encuentro, el mestizaje y la forzada o serena fusión de dos modos de ser, de concebir el mundo y sentir la vida, a este continente se lo llamó “América”, en homenaje al primer europeo que afirmó que se trataba de “nuevas tierras desconocidas por los antiguos”. De los primeros europeos en llegar a Groenlandia y Massachusetts solo quedaban vestigios (2).

El gran Navegante Cristóbal Colon que llegó a la isla de Guanahani en el Caribe, murió solo y abandonado el 20 de mayo de 1506 en Valladolid sin saber que el 12 de octubre de 1942 había desembarcado en un lugar distinto que el Asia.

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Incorporación de América a la Historia Universal

Fueron los sacerdotes de la abadía de Saint die (Francia) quienes al conocer una carta de Américo Vespucio decidieron interrumpir la impresión que estaban preparando del mapa de Ptolomeo, para reemplazarlo por el folleto titulado “Cosmografíae Introductio’’, que contenía un mapa dibujado por Martin Waldseemüller, presentado junto a la carta de Vespucio.

Este librito de Américo, cuñado de la Bella Simonetta pintada por Botticelli en su cuadro La Primavera, publicado por los sacerdotes franceses,  decía: “veréis las nuevas regiones descubiertas, no hay razón para que no la llamemos América… Por Americus su descubridor”. Corría el año 1507.

Así América se incorporó a la historia universal, con lo cual demolió para siempre la geografía plana de Ptolomeo. En este continente los europeos descubrieron no solo el mundo circular, sino un ser humano libre, que no conocía hambrunas ni el derecho de propiedad. Este gran encuentro de culturas y etnias que tiene lugar entre los pueblos originarios de América, los sajones al norte y los ibéricos hacia el centro y sur del continente, inicia el trasvasamiento político y poblacional más espectacular de la historia.

Fue un proceso complejo, en el que el hábito de la violencia se encontró con la resistencia improvisada de los pueblos aborígenes: la superioridad europea y la azorada resignación de pueblos sin culpa.

Las convicciones metafísicas de los invasores pretendían borrar para siempre el uso animista de la fuerza religiosa que caracteriza a los aborígenes americanos. Fue un coche donde las armas de fuego servían para robar, lo que pareció incomprensible para una cultura que no conoció el derecho de propiedad ni el individualismo. En fin, este encuentro prodigioso de lenguas y símbolos religiosos de barderas y parasoles fue un combate desigual, en el que uno llegaba para no irse y otros luchaban para no separarse de la ancestral herencia de América.

En este territorio americano del maíz y de la papa, de astronomía de piedra y sacrificios inútiles, y sin duda una de las reservas de diversidad biológica más rica del planeta, se realiza la gran transformación cultural, de la que actualmente nosotros somos herederos.

La gran empresa cultural, religiosa y política que fue la conquista y colonización de América recibió opuestos juicios según sean los valores y orígenes sociológicos de los historiadores que indagaron más de tres siglos esta epopeya sin par, protagonizada por un puñado de aventureros y fieles administradores públicos, que vivían dispersos en la vasta geografía de un continente que nadie llegó a conocer del todo. Fue un ejemplo de apostolado y organización, en el que el empeño de la iglesia católica en convertir a los aborígenes coincidió con la autoridad de la corona y los representantes del poder real, mientras la acción de encomenderos y mitayos  no conocía otra meta que el lucro y, para lograrlo, estaban dispuestos a esquilmar los recursos naturales y abusar sin escrúpulos de la fuerza del trabajo local. Para otros,  esta historia lleva el estigma de la explotación y la crueldad especial del hombre blanco; es una guerra de exterminio sobre todo virósica, por la transmisión de las infecciones, y un oprobio para los que levantan las banderas de la tolerancia humanista. No debemos olvidar, sin embargo, que junto con la colonización inglesa en América del Norte, la española y la portuguesa son las únicas que ganaron para la civilización europea a pueblos ajenos a su cultura y etnia. Los pueblos que ocupaban el territorio que hoy pertenece a la Argentina opusieron una bravía resistencia, tanto en el norte, donde formaban parte del Tahuantinsuyo (Imperio Inca), como en el sur, donde vivieron dispersos en grupos nómades y cazadores. Numerosas obras se encargaron de hacer un balance moral o histórico, y sus conclusiones difieren tanto en sus matices como en el extremo de sus juicios: de un lado, la apología por su ejemplar protección a los aborígenes estimulando los matrimonios mixtos, la excelencia de una administración que mantuvo por siglos la fidelidad a la corona y la unidad del Imperio. España dio a América todo lo que tenía, su fe, su lengua, 33 universidades ya instaladas a principios del S. XVII y  un estatus político que no fue colonia, sino una dependencia de la corona.

En el otro extremo se afirma que la destrucción de las culturas originales fue tan demoledora como violenta fue la supresión biológica de pueblos enteros, de sus edificios, de sus dialectos, a pesar de la humana protección que brindaron las leyes de Indias, el amor de los miembros de la iglesia católica y sus órdenes religiosas. El Inca Atahualpa fue muerto por la gente de Francisco Pizarro. Tras la derrota del imperio, luego de que las tribus se contagiaron de tristeza, vivieron desamparadas resistiendo en la soledad: “sin tener en quien y a donde volver estamos delirando” (Apu Inca Atahualpa Mon, S. XVI). Sobre esa historia se construirá un nuevo mundo.

Exaltación  del Nuevo Mundo

El punto central que quiero destacar no es el balance bueno o malo del encuentro, sino que esta confluencia de pasiones humanas, de poderes, de mestizaje étnico, de intercambio de conocimiento y de superposición de hábitos y costumbres, produce un sedimento cultural de ficciones, valores, en fin, de mitos que tienen dos proyecciones: una hacia Europa y otra a América.

La aparición de América perturbó la conciencia europea. Más allá del mar tenebroso, un espacio nuevo abrió sus puertas a la aventura y a la inmigración. Las tradiciones de la cultura europea sustentarán un mito que monopolizará los sueños de varias generaciones. El comienzo fue una carta de Cristóbal Colón dirigida a Juan de Santángel, escribano de los reyes católicos, cuyo texto fue varias veces editado y traducido al latín (3). En la misma cuenta el haber llegado a una tierra de abundancia en que los habitantes eran buenos e inocentes.

“La española es maravilla… Hay muchas especias y grandes minas de oro y de otros metales…”

“Ellos no tienen fierro ni acero ni armas…”

“Y no conocían ninguna seta ni idolatría, salvo que todos creen que las fuerzas y el bien es el cielo”

“Ellos son tan sin engaño y tan liberales de los que tienen, que no lo creerían sino el que lo viere”

“Las mujeres me parecen que trabajan más que los hombre”

(Cristóbal Colón. Carta. 15-02-1493)

Con esta carta se inaugura un mito del Nuevo Mundo. En las antípodas de la vieja Europa, agobiada por guerras y debates teológicos, atemorizada por la amenaza del Gran Turco y las posibles pestes y hambrunas, se erigía un mundo de “Gente muy fermosa”, de plantas y animales exóticos, donde residía un ser humano “natural”. Este mito proyectado al futuro, inaugura la fantasía de una nueva esperanza.

Las leyendas y comentarios sobre América generaron una vasta literatura en Europa. Más aun, hay quienes afirman que son los mitos europeos trasladados a América los que permiten el nacimiento de la utopía renacentista.

Thomas Moro tuvo en América la más fecunda inspiración para redactar su obra Utopía (1516), que quiere decir “Lugar que no existe “. Había recibido en Amberes una descripción detallada del Nuevo Mundo, de una de las veinticuatro personas que Vespucio había dejado en Brasil. Por su parte, la literatura inglesa del S XVI está plena de “oro y plata” (Stewn with gold and silver).

Michel Montaigne habla elogiosamente de América en sus Ensayos:

“Lo que por experiencia hemos visto en esas naciones sobrepasa, no solamente todas las descripciones con las que la poesía ha embellecido la edad de oro y todas sus invenciones para fingir una feliz condición de los hombres, sino aun la concepción y el deber mismo de la filosofía”.

(Montaigne, Ensayos, 1580)

A partir del Siglo XVI, cuando la riqueza sale de las entrañas de la tierra, florecen leyendas anunciadoras de recompensas que alucinan a muchos. Fueron de la ideología de una esperanza que cautivó al pueblo español.

“El Dorado o Paititi se refiere a una ceremonia que practicaban los indios Guatavita en Colombia y Venezuela donde un hombre empolvado en oro se lavaba en una laguna. ‘Jauja’  era el mundo al revés. La fábula de la revancha social donde se recompensa a la pereza y los defectos son virtud.”

La Ciudad encantada de los “Césares” o “Trapalanda” se funda en leyendas que hablan de ciudades de oro y plata, vistas por miembros de la expedición de Gaboto. Otras versiones la ubican en Tierra del Fuego, donde quedaron náufragos de la expedición de Magallanes. Las “amazonas”, según Carl Schmidt eran mujeres que tenían un pecho, usaban el arco y vivían de la selva.

América era un mundo nuevo, grande y fabuloso para muchos, fue el futuro de occidente. El “hombre natural” de Jean Jacques Rousseau no es otro que el hombre americano, Esta visión del ser humano libre, aliviado del peso de la historia, despojado de la tradición judeo-cristiana de la “la caída”,  del hombre bueno no infectado por la civilización, nutre los orígenes de la filosofía de las luces e indirectamente del positivismo que luego tendrá tanta influencia en la mente de los que llevaron a cabo la organización nacional en la Argentina.

Los tripulantes del “Mayflower” que llegaron a Massachusetts buscaban la realización de una vida nueva que les era vedada en Inglaterra, encorsetada por rigideces culturales y  políticas.  Los sajones vinieron para practicar libremente su religión sin intención de transformar a los pueblos aborígenes; los españoles, por su parte, colonizaron América  en nombre de la Corona para difundir el catolicismo mediante el apostolado.

Se vino aquí para fundar el mañana. Un poema de Goethe (4) exalta esa calidad de una vida nueva, cuya posibilidad no existía en Europa. “No te turban las inútiles remembranzas, no tienes catedrales”, diría el poeta con alivio.

“Tu, América lo pasas mejor que nuestro viejo continente; no tienes castillos en ruinas, ni tienes basaltos. No te turban en lo interior, cuando es tiempo de vivir las inútiles remembranzas, las contiendas vanas. Gozad vuestra hora con fortuna! Y si dan en poetizar vuestros hijos, líbrelos el hado propicio de fabulas de hidalgos, bandidos y fantasmas.”

(Johan Wolgfang von Goethe, Amerika)

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Estas  ideas, como tantas leyendas anteriores,  influyeron por mucho tiempo en el imaginario europeo. Hubo muchas expediciones que desembarcaron en las costas americanas buscando encontrar fabulosas riquezas. La ciudad de los Césares y sus tesoros motivaron viajes a la Patagonia. Se recuerda la expedición del padre Nicolás Mascardi (1670) que anduvo por el Lago Nahuel Huapi, para socorrer cristianos.

Los españoles se lanzaron a la aventura para crear en América un mundo que ellos no tenían en España. Como dice Leopoldo Zea, “un mundo en que los campesinos pueden ser terratenientes; los siervos, señores; los peones, caballeros; los villanos, nobles” (5). Las leyendas fueron tan persistentes que hasta Ezequiel Martínez Estrada, en Radiografía de la Pampa, dice que “vivimos con las minas de Trapalanda en el alma”.

No debemos olvidar que detrás del optimismo de las leyendas se instaló en algunos medios intelectuales de Europa una dura polémica sobre la inferioridad de la naturaleza y del hombre americano. El abate De Paw fue el más fanático, entre otros intelectuales, en esta posición de condena: “Tierra maldita, pura geografía fuera de la historia”. Afortunadamente esos juicios  quedaron finalmente  en el olvido histórico frente a la avalancha del entusiasmo que despertó el Nuevo Mundo como primer espacio desconocido que encontró el hombre moderno y como modelo de cultura opuesto a la civilización europea. Montaigne,  al que ya me he referido, se apoyó en la experiencia de los aztecas para criticar las condiciones de vida en Europa mientras alababa la vida de los  aborígenes  originales : “salvajes americanos: los sobrepasamos en toda clase de barbarie”. De allí emerge la idea del “Buen Salvaje”.

El benedictino Antoine Joseph Perney, que había sido el capellán de la expedición de Bugainville a las islas Malvinas, fue un entusiasta de la naturaleza humanitaria del hombre americano y sobre todo de los patagones que dice haber visto e identificó como los legendarios gigantes de los relatos clásicos (6).

Hacia la época de la emancipación y de las revoluciones que tuvieron lugar en Hispanoamérica, el mito se traduce a un lenguaje político para guiar las campañas por la independencia.

La idea del Nuevo Mundo se transfiere a la reafirmación de lo americano, opuesto a lo español. El himno argentino, cuya letra es de Vicente López y Planes, habla de “fieros, tiranos y vil invasor”. Se exalta el patriotismo para expulsar al invasor, se cantan loas a las bondades del ideario del hombre americano y diatribas contra el europeo y sus jerarquías, se insiste en la denostación del viejo mundo europeo, de sus jerarquías, de sus intrigas dinásticas. Es un proceso sin duda rápido en las masas que siguen a los caudillos republicanos y antimonárquicos, y más lento en las élites, pues estas impulsan, después de la Revolución de Mayo, misiones al extranjero para buscar o convencer a príncipes de sangre para que acepten su instauración en la Argentina. Si bien, entre nosotros los argentinos no se arraigó algo parecido al “sueño americano” que cautivó al pueblo de los Estados Unidos (American dream), no puede desconocerse que el ideario de San Martín, Bolívar y tantos intelectuales pretenda cortar los lazos con España para afirmar una especificidad americana que comienza con la exaltación de la “libertad“. Quizás en nuestro caso la reafirmación de lo americano a partir de la independencia no sea tanto un rechazo contra Europa, sino un afán de suprimir lo hispánico que dignificaba lo colonial, la sumisión a lo viejo.

Las estrofas de nuestro himno evocan la guerra contra España. Un nuevo canto resuena en el mundo: “De  la fama el sonoro clarín y de América el nombre enseñando”:

“El valiente argentino a las armas corre ardiendo con brío y valor, el clarín de la guerra cual trueno en los campos del sur resonó. Buenos aires se pone a la frente de los pueblos de la ínclita unión y con brazos robustos desgarran al ibérico, altivo león”.

(Estrofa del himno nacional argentino)

Al principio se reafirma el espíritu antiespañol como acto simbólico de libertad y soberanía, para luego, en época de la organización nacional, volver la mirada hacia los modelos culturales que nos ofrecían Inglaterra y Francia.

Bartolomé Mitre en su Historia de San Martín señala el rechazo de los símbolos españoles en nuestra vida cotidiana.

“Ante ella (la Asamblea del año XIII) se eclipsó la soberanía del rey de España, cuyo nombre desapareció por siempre de los documentos públicos. Los escudos de armas españoles fueron derribados, abolidos los títulos de nobleza, la inquisición y el tormento. La efigie de los antiguos monarcas fue borrada en la moneda circundante y sustituida por el sello de las Provincias Unidas, con el sol flamígero por símbolo y el gorro frigio de los libertos… Todo fue reformado, hasta las preces del sacerdote al pie de los altares, hasta los cantos populares que en estrofas inspiradas saludaban la aparición de una nueva y gloriosa nación, con un león rendido a sus plantas. Así se inauguró la soberanía del pueblo argentino…”

(Bartolomé Mitre, Historia de San Martin)

A partir del período de la Organización Nacional (1853 en adelante) bajo la influencia del positivismo y de la filosofía del progreso, la idea del Nuevo Mundo se transformó porque cambiamos la utopía por una panacea que proponía enriquecer lo americano para llevar a cabo un “trasplante cultural”.

El “transplante cultural” como palanca de transformación

La supresión del orden social y económico que había impuesto España se hizo finalmente no para reafirmar lo vernáculo, lo criollo o lo que quedaba de la cultura aborigen, lo popular del interior (propuesta que existió pero no fue adoptada), sino para realizar un aporte nuevo, superador, un trasplante de poblaciones inmigrantes, así como técnica, arquitectura, moda y formas de pensar de una Europa no hispánica. Elegimos como modelo para mejorar lo que éramos, la cultura y el pensamiento de países como Francia e Inglaterra que eran los más adelantados de aquel tiempo.

Inmediatamente después de declarar nuestra autodeterminación política el 25 de mayo de 1810 se inicia el proceso de desalojo de un mundo regido por la teología, las tradiciones clásicas y el respeto al orden establecido por la corona española, para convocar a “las luces” que cautivaron desde temprano a los próceres de mayo, las ideas democráticas y constitucionalistas, la libertad de comercio,  de culto y de  prensa que serán de allí en más ideas rectoras para nuestra organización social. La primera libertad intelectual fue consagrada por decreto el 26 de noviembre de 1811: el derecho de publicar libremente las ideas.

Desde su nacimiento como nación, la Argentina cimentó su pertenencia  al emblemático ideal de la “libertad”. Era el contrarreino del clima social sumiso que había permanecido durante los siglos anteriores.  Esta afirmación de empezar a ser un pueblo culturalmente libre no debe interpretarse como si saliéramos de la oscuridad. Los que construyeron la independencia estaban tan informados de las ideas que circulaban por el mundo, como los más cultos de la península, pues aquí se leía lo mismo que allá. Un país como España, que fundó en América 33 universidades, no puede ser oscurantista. España nos dio todo lo que tenia.

La idea de América como mundo nuevo se transforma en nuestro suelo, para asumir una universalidad que no tenía cuando empezó siendo el mito de un mundo separado. Quizás por el hecho de que la presencia de las culturas originarias haya sido menos dominante en el Río de La Plata, tanto por el número de su población como por el peso de su influencia cultural (salvo en el noroeste los demás pueblos eran nómades), las influencias culturales exógenas y los hábitos de comercio como el tan frecuente contrabando, abrieron los cauces a fusiones culturales y mestizajes que en otro lado de América no tuvieron lugar tan pronto.

Atentos a lo que pasaba fuera de nuestras fronteras incorporamos desde el principio todo lo que nos era útil para mejorar el nivel de vida, no tuvimos prejuicios contra los productos foráneos, pasamos de una generación de las caravanas de carretas al ferrocarril, de las casas bajas  de adobe a palacios que calcaban el lujo de las metrópolis lejanas, tuvimos siempre sed de modernidad.  Fuimos un gran laboratorio donde la diversidad cultural contribuyó  a  enriquecer lo que había en nuestra conciencia cultural de aborigen, español y criollo. Somos la amalgama de muchas procedencias.

Cuando Napoleón III inauguraba en Francia su reino burgués e industrial, las dos terceras partes del territorio que ahora es la república Argentina estaba ocupado por nómades, o era desconocido.

La cultura argentina es el fruto de consecutivos aportes y sedimentos que fueron conformando ideales, valores, creencias religiosas, modelos estéticos, sueños y una forma de concebir la vida propia y singular. ¿No será lo nuestro una interpretación de la utopía del Nuevo Mundo enriquecida por la modernidad? Al deseo prometeico de hacer, agregamos la esperanza; a la visión pesimista de guerra incesante y de la ambición europea de poder, opusimos la utopía del hombre nuevo, despojado de codicias y de deseos de venganza.

No llegamos al extremo de proponer “la búsqueda de la felicidad” que consta en los textos fundacionales de los Estados Unidos, pero nos aferramos a un ideal de vida libre en el inmenso espacio de nuestra geografía.  Llegamos a ser cosmopolitas como los romanos en tiempo de Marco Aurelio, seguimos siendo americanos porque el tiempo fue menos importante que el espacio, porque las ideas son más horizontales, diría más apaisadas que verticales como el llano o la selva. La religión católica  impregnó  la conciencia del hombre americano dándole la posibilidad de incorporar  el amor a su naturaleza. Le devolvió la libertad frente al determinismo  de los pueblos primitivos.

Construimos un mundo nuevo sobre la base de la cultura de los pueblos originarios matizada con la civilización que llegó de Europa.

En este territorio austral del continente del maíz y de la papa, que no conocía hambrunas ni el derecho de propiedad intentamos  llevar a cabo un proyecto de ser y hacer inspirado en los grandes ideales del humanismo cristiano. Cuando en 1810 dimos el enorme grito de libertad, dos tercios del territorio argentino  era desconocido. Inventamos el futuro a partir de una concepción grandiosa. Como dice Tulio Halperin Donghi, “la Argentina ha sido una de las apuestas más audaces que ha habido”.

Fuimos la seducción de muchos, el reino de una aventura del alma. Convocamos  a una muchedumbre para compartir una promesa.

La Argentina fecundó la utopía del hombre nuevo, o la idea de Nuevo Mundo, con el mito del progreso y el optimismo que plantea  el positivismo. Su esperanza fue una promesa. Libres para inventar y hacer en el espacio inmenso de la geografía americana, en una generación pasamos del malón al subterráneo. Lo quisimos todo y pronto. Para eso convocamos a una muchedumbre a compartir la promesa de una vida plena. Era un Nuevo Mundo, imposible de ignorar. Así llegamos al centenario, confiados en nuestras potencialidades, seguros de nuestras fuerzas; éramos una “tierra de promisión”. El sueño de una promesa.

Teníamos mucho, pero sobre todo el destino estaba de nuestra parte.

“Salve, Salve Argentina! Tu futuro es tu destino: Que la gloria siempre sea contigo mientras continúes por el sendero trazado por los héroes de tu epopeya!

(La Nación, 25 de mayo de 1910)

“Su cultura, su patriotismo, las virtudes de su carácter, la extensión y la calidad de su suelo, la bondad de su clima y el profundo espíritu de sus instituciones orgánicas… ¿Cómo puede fracasar un país dotado de tal suerte?”

(La Razón, 29 de abril de 1910)

Esta era la fuerza que impulsaba la nación hacia su destino. Eran muchas patrias en una, como lo fue Borges y como lo sintió Rubén Darío.

“Salud, patria, que eres también mía, puesto que eres de la humanidad”.

(Rubén Darío, Canto a la Argentina, 1910)

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Diplomático. Escritor. Profesor en la Diplomatura de Cultura Argentina del Instituto de Cultura del CUDES.

NOTAS

(1) De Sahagún, Bernardino. Historia General de las cosas de Nueva España.

Guamán Poma de Ayala, Felipe. Nueva Crónica y Buen Gobierno

Garcilaso de la Vega. Comentarios reales de los Incas.

Titu Cusi Yupanqui Inca. Relación con la conquista del Perú y Hechos del Inca Manco II.

(2) Los normandos fueron los primeros europeos en llegar. Eric el Rojo, que salió de Islandia, fundó una colonia en Groenlandia en el año 1000. Su hijo Left, fundó las colonias de Hellelund, Marbeland y Vinlado y hay pruebas de que logra de presencias en Massachusetts y en Bahía de Bonfines, EEUU.

(3) La primera carta de Cristóbal Colón dirigida al escribano de los Reyes Católicos tuvo doce ediciones; tres en Barcelona (1493), una en Amberes (1493), dos en Basilea (1493 y 1494), tres en Paris (1493), tres en Italia (1493). La segunda edición en español es de 1497.

(4) Perney, Antoine Joseph (1716-1801), “Histoire d’un voyage aux isles Moluines fait en 1763 et 1776, avec des observations sur le Detroit de Maggellan et sur les Patagons”. Citado por Antonello Gerbi, en: La disputa del Nuevo Mundo, FCE, 1982.

(5) Der Vereingten Staaten. Goethe. Antonello Gerbi La disputa del Nuevo Mundo, ob.cit.

(6) Cia Leopoldo “America en la Historia”.

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