El Nuevo Mundo y la aparición del otro

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Por Dulce María Santiago*

Introducción

Desde nuestros orígenes como americanos, allá por 1492, hemos sido una novedad para el mundo, constituimos el Nuevo Mundo, no sólo en sentido geográfico sino –fundamentalmente- en un sentido plenamente humano, es decir, cultural.

En la modernidad, los descubrimientos geográficos pusieron en evidencia la existencia de un mundo ancho e inmenso, es decir, con diversas culturas, es decir, con diversas maneras de pensar, de sentir y de vivir, y no reducido a Europa y Asia como hasta entonces se pensaba.

La interpretación que el hombre europeo tendrá de América y de su habitante natural se irá integrando a partir de su cosmovisión y del horizonte de comprensión que le permitirá configurar una hermenéutica del otro que no siempre tendrá en cuenta su alteridad.

Las crónicas y su visión de la otredad

A partir de la aparición de este Nuevo Mundo surge una imagen idílica de América comparada con el Edén. Las primeras crónicas de viaje relatan una naturaleza virginal, exuberante, que produce en los viajeros europeos un asombro ante la “maravilla” que contemplan al llegar a las islas del Caribe, donde se produce el primer encuentro con el nuevo continente, que todavía parecen ser las Indias.

En  su diario del primer viaje, según nos relata el padre Las Casas, Colón, el jueves 11 de octubre por la noche ya “tuvo por cierto estar junto a la tierra. Por lo cual cuando dijeron la Salve, que la acostumbraban decir e cantar a su manera todos los marineros y se hallan todos, rogó y amonestólos el Almirante que hiciesen buena guarda al castillo de proa, y mirasen bien por la tierra, y que al que dijese primero que vía tierra le daría luego un jubón de seda, sin las otras mercedes que los Reyes habían prometido, que eran diez mil maravedís de juro a quien primero la viese” (1). Y prosigue Las Casas: “Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras” (2). También se ve idealizada la imagen del indio en estas crónicas: “Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vide más de una ermo (muy) moza. Y todos los que yo ví eran todos mancebos, que ninguno vide de edad de más de treinta años, muy bien hechos, de muy ermosos cuerpos y muy buenas caras: los cabellos gruesos cuasi como sedas de cola de caballos, e cortos…” (3). Puede apreciarse así que los temas de consideración fueron la naturaleza, el paisaje y los hombres del nuevo continente.

La imagen  que tanto Colón como  Américo Vespucio (1454-1512) tuvieron de estas tierras coincidió con el ideal cultivado por los incipientes humanistas y contribuyó al mito de América-Paraíso. Aunque el navegante florentino es quien toma conciencia de que las tierras descubiertas por Colón eran, verdaderamente, un nuevo continente y, a partir de 1507, comienza a circular la denominación de América para referirse al Nuevo Mundo. En sus Lettera (1505) comunica a su protector italiano: “decidí abandonar el comercio y poner mi propósito  en cosas más laudables y firmes, y fue que dispuse a ir a ver parte del mundo y sus maravillas…” (4). Aunque rescata la bondad natural de los nativos: “ellos se confiaron y vinieron a tratar con nosotros; y hecha buena amistad con ellos, viniendo la noche nos despedimos…” Sin embargo, reconoce que: “No supimos que esa gente tuviera ley alguna, ni se les puede llamar moros ni judíos; son peores que gentiles, porque no vimos que hicieran sacrificio ninguno y tampoco tienen casas de oración; juzgo que su vida es epicúrea.”

Esta visión también será luego desarrollada por Antonio de León Pinelo (1595-1660) en su obra titulada precisamente El paraíso en el Nuevo Mundo. Historia natural y peregrina de las Indias Orientales, publicada en 1656. En ella considera que la ubicación terrenal del Edén es, ciertamente, el Nuevo Mundo y estima que Colón ha sido quien instauró  esta idea del Paraíso Terrenal  que luego será recogida en pleno siglo XX por el español transterrado Juan Larrea (1895-1980), quien comentará la obra de Pinelo. La hipótesis de este autor permitiría afirmar que Colón ha sido el fundador del realismo mágico americano.

Podemos deducir, a partir de estas breves consideraciones, que América padece un enmascaramiento de su realidad ya en sus comienzos. No se la ve “objetivamente” sino a partir de esta experiencia subjetiva condicionada por la proyección que sus descubridores hicieron de ella. Así el hombre europeo vio en América aquello que estaba anhelando ver, un mundo diferente del suyo donde podría vivir una vida feliz. Pero el resultado fue una América vista con los ojos europeos y, en cierto sentido, todavía medievales.

El aporte de la Escuela de Salamanca

También cabe señalar el lado sombrío de la conquista que motivará una profunda polémica. La doctrina político-jurídica más gravitante en estas tierras proviene de la Escuela de Salamanca. Francisco de Vitoria (1483-1546), considerado su fundador  y motivado por los escritos de Antonio de Montesinos y de Bartolomé de Las Casas, dominicos como él, elabora una doctrina en la que reconoce la dignidad y la libertad de los indios y justifica el dominio de la corona española sobre los territorios descubiertos. Sus ideas influyen en la promulgación de las Leyes Nuevas (1542) y en la famosa polémica de los “justos títulos”.

La Escuela de Salamanca, al distinguir el ámbito natural del sobrenatural, separa dos potestades: la del monarca –poder temporal- y la del Pontífice –poder espiritual-: marca de esta manera la irrupción de la modernidad y el significativo corte con el medioevo que los mantenía unidos. Se plantea así el tema del origen del poder temporal, lo cual la lleva a considerar el de la soberanía, que llega a su máxima expresión en Francisco Suárez (1548-1617).

El giro del modernismo literario

En el siglo XX, ante la inminencia de la conmemoración de los Centenarios, el Modernismo repensó la identidad americana como una asimilación y una adaptación de lo extranjero a lo propio y como una síntesis de elementos diversos. Este movimiento, que surgió como una corriente artística genuinamente americana, convertirá el sincretismo en su estandarte, y dará lugar a una transformación en la visión de la identidad americana. Preocupado por renovar la estructura literaria, el modernismo se vuelve crítico hacia la imitación de lo europeo: toma sus ejemplos de Europa pero piensa en América. La nueva definición de lo americano será, entonces, la síntesis. José Martí (1853-1895) es una de las figuras más representativas de este período y rescata al indio y al negro como integrantes de lo americano.

A su vez, el positivismo, que fue el pensamiento dominante en la cultura de fines del siglo XIX tanto europea como americana y había prometido un futuro de bienestar fundado en el progreso de la ciencia, entra en crisis; permite así el surgimiento de este nuevo movimiento que promete liberar al espíritu de su esclavitud material y posibilita emerger un nuevo idealismo. En este sentido, otra de las figuras destacadas del modernismo, José Enrique Rodó, en su Ariel, postulará la superioridad de lo latinoamericano, representante de los valores espirituales sobre América del Norte, fundada en valores utilitaristas. Como para el modernismo lo americano resulta una síntesis con una búsqueda de lo bello, en contraposición a lo pragmático, la civilización es ahora lo latinoamericano y la barbarie lo norteamericano.

Martí implica un giro radical en el concepto de “civilización vs. barbarie” ya que, a partir de ahora, tanto el indio como el negro, rescatados de la otredad, son incorporados a la civilización.

Así el modernismo, que rechaza el liberalismo, el romanticismo y el positivismo, “provoca la insurrección necesaria: la generación que escandalizó al vulgo bajo el modesto nombre de modernista se alza contra la pereza romántica y se impone severas y delicadas disciplinas. Toma sus ejemplos de Europa, pero piensa en América” (5).

El realismo mágico

El escritor y musicólogo cubano Alejo Carpentier (1904-1980) fue un americanista, en la tradición de los que descubrieron en el trópico el paraíso perdido y la tierra prometida. América, con sus magníficos escenarios, era la fuente de los orígenes, la madre tierra, y al mismo tiempo, el universo donde convivían todas las razas y culturas. América era lo “real maravilloso” que terminaría convirtiéndose en el famoso “realismo mágico”, del colombiano Gabriel García Márquez (1927). Este prototipo de escritor latinoamericano considera que la característica fundamental de nuestra sociedad es la simbiosis y el mestizaje. Según el autor cubano los surrealistas tuvieron una decisiva influencia  en el descubrimiento de la América Latina para la cultura occidental. La afición por lo primitivo e inconsciente lo impulsó a cultivar lo real maravilloso que para él era la síntesis y la esencia del continente. Porque la incongruencia, la paradoja -según él- están en la raíz de la vida latinoamericana. En este suelo todo es desmesurado, sus montañas y cascadas gigantescas, sus llanuras y sus selvas impenetrables. Su obra literaria contribuyó a la formación de una conciencia latinoamericana.

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En la Introducción a su  La otra América (1974), Arturo Uslar Pietri dice: “Porque he vivido, sentido y conocido desde una perspectiva hispano-americana me doy cuenta, cada día más, de todos los condicionamientos, matices y posibilidades que esta situación contiene. Ante dos contrastes  principales se ha desarrollado la situación hispano-americana: el de la Europa Occidental y el de los Estados Unidos. Estas dos órbitas  gravitacionales están presentes en toda la historia de esto tan mal conocido que antes se llamaba simplemente América y, en el último siglo, la América Latina.

En más de un sentido la realidad del hecho nuevo pertenece a esa vasta porción de continente colombino. Los Estados Unidos y su enquistado gemelo, el Canadá, son en efecto una Nueva Europa, alterada en el tiempo y la actitud por las características del espacio geográfico y por la ausencia de particularismos enfrentados. Donde el complejo fenómeno del Nuevo Mundo se da en plenitud es en la vasta zona del encuentro y en el escenario histórico de contradicciones de la América hispana.

Tratar de comprender y penetrar ese rico y confuso desarrollo histórico es tarea vital para todos los países de herencia hispánica. Saber qué somos y qué podemos llegar a ser dentro del mundo que han configurado los anglosajones, los germanos y posteriormente los eslavos y los asiáticos. La hora de la globalización del destino humano y de la formación de las grandes asociaciones extra-nacionales plantea muchos problemas y varias posibilidades para la familia de naciones que ha surgido de la colonización a la española de América” (6).

Héctor A. Murena en su magnífico ensayo El pecado original de América (1965) observa que “la argentina era distinta del resto de América. La razón por la que se afirmaba esto -dice- era, en determinados casos, que en este país había predominado siempre un estilo de vida europeo en todos los sentidos, desde la arquitectura hasta la vestimenta, la comida, etc., y que tal estilo se veía confirmado y sostenido por un relativo orden político y un crecimiento de la riqueza, también excepcionales en América Latina. Sin embargo, la razón que con más frecuencia se esgrimía para hacer de la Argentina un caso aparte era la de que no  había aquí una proporción significativa de indios o negros, no había mestizaje” (7).

El V Centenario y la conciencia crítica de la conquista

Hacia fines del siglo XX, en el contexto de la preparación del V Centenario, surge la necesidad de pensar o, mejor dicho, de repensar la temática latinoamericana desde su identidad. Aparecen así nuevas voces que procuran descifrar este nuestro problema, desde las distintas especialidades, puesto que siempre hubo algo, una falla que nos impidió ser completamente nosotros mismos.

Se cuestiona entonces el uso del vocablo descubrimiento, al que se relaciona con el inicio de un largo proceso de aculturación. Arturo Andrés Roig, entre otros autores, aborda el tema en un trabajo titulado: Descubrimiento de América y encuentro de culturas (8) , donde considera que el hecho histórico del descubrimiento ha sido acompañado por otro de conquista y de dominio de una cultura sobre otra, lo cual no permite hablar de un “encuentro de culturas”, sino más bien de una “aculturación” de los pueblos indígenas. También, en este desencuentro de culturas, el “casticismo” ha constituido una ideología cuya herramienta de dominación fue especialmente el lenguaje, portador de los “valores esenciales” de la cultura hispánica. Propone el autor mirar este hecho hacia adentro y hacia adelante, para poder descubrir en lo que somos nuestra propia identidad.

En la Argentina numerosas publicaciones se refieren al Descubrimiento como un “choque” de culturas. Adolfo Columbres en el Prólogo al libro 1492.1992. A los 500 años del choque de dos mundos. Balance y perspectiva, dice: “Aunque estoy de acuerdo en que lo más apropiado es hablar de invasión, para titular este libro preferí el término ‘choque’, que lejos de enmascarar la violencia, la integra como un componente ineludible. Pero ante la invasión sólo cabe la guerra para expulsar al intruso. El choque, en cambio, puede derivar en encuentro, en un auténtico encuentro, el que no ocurrió hasta ahora pero deberá ocurrir, porque hacia allí camina la historia” (9). Pero cuando se refiere a Francisco de Vitoria su visión es otra: “El pensamiento de Bartolomé de Las Casas y de Francisco de Vitoria negaba el poder temporal del papado sobre los infieles, así como la jurisdicción universal del emperador, considerando que la infidelidad no podía ser causa de despojo, que los indios, aunque infieles, habían sido hasta la llegada de los españoles legítimos señores de sus cosas, pública y privadamente. Pero éstas, como otras buenas teorías, cayeron en saco roto” (10).

Por su parte, en Europa, en 1982 aparece una obra del pensador Tzvetan Todorov, La Conquista de América, el problema del otro, en la cual hace una interpretación del acontecimiento histórico desde una perspectiva eurocéntrica, porque al referirse a la significación del hecho histórico siempre lo refiere a Europa y a su historia. Por ejemplo dice: “Pero el descubrimiento de América no sólo es esencial para nosotros hoy en día porque es un encuentro extremo y ejemplar… es lo que anuncia y funda nuestra identidad…” o cuando lo considera “el encuentro más asombroso de nuestra historia”, continuamente lo refiere al Viejo Continente… (11)

Conclusión

El año 1992 se convierte así en una inflexión –un kairós- para la reflexión latinoamericana; permite un giro en el abordaje de su propia realidad. Se toma conciencia de que el problema fundamental en la consolidación de su propia identidad ha sido no haber logrado construir un pensamiento que diera cuenta de la totalidad de su ser. Esta carencia le ha impedido la realización de cualquier proyecto cultural conjunto. Mientras no pueda considerar la totalidad de sus componentes, Latinoamérica sólo estará representada por una parte de ella y la otra quedará silenciada. Así no podrá ser totalmente ella misma, algo de sí quedará oculto. Esta falencia plantea la necesidad de integrar todos los elementos que la componen y desocultar la porción que ha permanecido sojuzgada por largo tiempo.

Se vuelve imprescindible para esta tierra reconocerse a sí misma para poder reconciliarse con su pasado. Implica una re-velación de lo más originario, de la América autóctona, cuya cultura está aún con vida latente, que busca hacerse patente. Esto es lo que sucede con las culturas indígenas y afroamericanas.

Esta sensibilización da lugar a un movimiento intelectual de comprensión que plantea la problemática de la identidad latinoamericana como un “diálogo intercultural pendiente”.

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* Doctora en Filosofía, docente universitaria, escritora e investigadora. Profesora en el Instituto de Cultura del CUDES.

NOTAS:

(1) Colón, Cristóbal. Los cuatro viajes del Almirante y su testamento. En: Crónicas de Indias. Antología. (1999)  Buenos Aires, Ediciones Colihue, p. 44.

(2) Ibidem

(3) Colón, Cristóbal. Los cuatro viajes del Almirante y su testamento…, p. 45.

(4) Vespucio, Américo. Lettera. En: Grandes relatos de viajeros. Revista Ñ, Clarín, sábado 13 de junio de 2009.

(5) Henríquez Ureña, Pedro (1927). Seis ensayos en busca de nuestra expresión. Buenos Aires, Biblioteca Argentina de Buenas Ediciones Literarias; pág. 14.

(6) Uslar Pietri, Arturo. La otra América. (1974) Madrid, Alianza Editorial.

(7) Murena, Héctor A. El pecado original de América. (1965) Buenos Aires, Sudamericana. P. 12.

(8) En Problemática indígena. Ed. F: Ordóñez Bermeo, Ecuador, 1992. p. 37-50.

(9) Columbres, Adolfo (1993), 1492.1992. A los 500 años del choque de dos mundos. Balance y perspectiva. Buenos Aires, Ed del Sol; p. 12.

(10) Columbres, Adolfo, ob. cit.; p. 16.

(11) Todorov, T. La conquista de América, el problema del otro. Buenos Aires, Editores Argentina, SA. , Siglo XXI, 2003; pp. 15 y ss.


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