No te metás

justicia-argentina

Por Juan Francisco Baroffio*

El clamor de justicia por parte de nuestros habitantes es ya moneda corriente. Se culpa a jueces, fiscales, policías y gobernantes. Pero cabe preguntarse si la sociedad tiene un grado de responsabilidad.

Uno de los principales problemas de la sociedad argentina contemporánea es su falta de compromiso social. Una queja reiterada en los ambientes judiciales es esa falta de compromiso ciudadano a la hora de prestar ayuda a la justicia. Luego de accidentes de tránsito o de hechos delictivos faltan testigos. La cultura del <<no te metás>> está arraigada profundamente en la sociedad argentina de hoy. Pero sus raíces son mucho más profundas e históricas.

Primero hay que tener en cuenta que en la cultura posmoderna existe un fuerte sentimiento antiinstitucional. No sólo en Argentina. Hay un gran descreimiento en todo lo relativo a las instituciones, ya sean nacionales (gobernación, municipio, policía, etc.) o internacionales (ONU, FMI, etc.), políticas o religiosas. <<Creo en Dios, pero no en la Iglesia>> es la frase típica de este antiinstitucionalismo.

A esta tendencia mundial deben sumarse elementos sociales de la idiosincrasia nacional. La Argentina es un país que ha atravesado toda clase de crisis: económicas, políticas, sociales, educativas, entre otras. Muchas de estas en simultáneo o apenas separadas por breves lapsos. A esto hay que agregarle el elemento histórico. Desde la fundación de nuestra patria se produjo una dicotomía entre el Estado y el ciudadano y se arraigó la conciencia (muchas veces falsa) de que ambos persiguen intereses contrapuestos. Ya los sainetes y otras obras populares de fines del s. XIX y principios del XX presentaban esta dualidad: el gaucho (luego también el inmigrante) era bueno y noble, pero se veía a merced de un mezquino y malvado personaje, que en general era representado como un funcionario público (militar, policía, juez, político) o con alguna relación con el quehacer público (abogados).

La discursiva político-partidaria también tomó ventaja de esta división y contribuyó a acrecentarla. Muchos partidos se arrogaron ser los representantes del pueblo, en contra de los intereses de grupos que habían copado el Estado.

Incluso se ha dado esta división entre las corrientes historiográficas: por un lado, la Historia Oficial y por otro, el revisionismo. A la primera se la caracteriza como la línea que buscó entronizar intereses de un partido o grupo de personas determinadas, al momento de la construcción del Estado Nacional. Entonces las líneas revisionistas (ya sean nacionalistas o nacionalistas-católicas, o peronistas de derecha, o peronistas de izquierda, o marxistas, etc.), venían a representar la vocación popular de conocer la verdadera historia.

El hecho de que a lo largo del siglo XX en la Argentina haya habido dieciocho presidentes de facto (incluidos los interinos) también debe ser tenido en cuenta. Esta búsqueda de un <<salvador>> en las filas castrenses, cuando arreciaban problemas socio-políticos, contribuyó a la idea de que el ciudadano no debe involucrarse. Se fue configurando una idea infantil del manejo de la cosa pública: <<cuando el niño no puede hacer nada, mejor buscar al papá para que solucione todo>>. Si existe un hombre, partido o grupo de personas que pueden “sacar las papas del fuego”, ¿para qué me voy a involucrar? ¡Que lo haga otro!

Un último elemento que creemos que puede influir para la formación de la cultura del <<no te metás>> es el de los excesivos y notorios casos de corrupción en que se han visto involucrados funcionarios públicos de todos los colores políticos y de todos los órdenes gubernamentales. Entonces resulta natural que el ciudadano no quiera involucrarse. <<¿Para qué voy a ir si los jueces lo van a largar porque tiene plata?>>; <<¿Para qué voy a denunciar si la policía está metida con los “chorros”?>>; <<No te metás, a ver si quedás pegado>>. Todas estas frases populares y harto repetidas, reflejan la situación actual del compromiso social argentino.

Nosotros, con nuestros pequeñísimos actos de corrupción, contribuimos a la corrupción general. Estamos acostumbrados a la idea, por demás acertada en muchos casos, de que todo en el Estado está podrido y corrompido. Y esta sensación, con una fuerte evidencia de la realidad, nos lleva a aceptar la corrupción, y algunos actos que son de esta naturaleza simplemente los disfrazamos de <<viveza criolla>>. Evitamos ser culpables y la responsabilidad por nuestros actos. Pero en definitiva, si la corrupción es un hecho generalizado en el normal funcionamiento de la cosa pública es por nosotros. Nuestra disfrazada corrupción alentó su propagación: cuando pagamos un soborno para escapar de una multa hicimos nacer a otro corrupto; cada vez que miramos para otro lado cuando alguien clamaba por justicia apoyamos al injusto; toda vez que en silencio contemplamos cómo pisoteaban al pobre, le tendimos nuestra mano a la impunidad; en todas las circunstancias en que dijimos <<yo en política no me meto porque todos son corruptos>> dejamos el camino libre para los deshonestos.

Cambiarlo no depende sólo del Estado. Se necesita una toma de conciencia de que los problemas argentinos son de todos los argentinos. Estamos a tiempo de cambiar nuestros valores y nuestra cultura. Francia, impuesto modelo del republicanismo, vivió casi 1400 años bajo sistema monárquico. Nosotros apenas llevamos poco más de 200 años de historia patria, 150 años de orden constitucional y casi 30 de democracia ininterrumpida. Si nos lo proponemos podemos cambiar nuestras concepciones y hacerlas más inclusivas. Un país donde el pueblo seamos todos y no solo algunos.

+ + + + + +

* Escritor. Ensayista. Historiador. Director de Seminarios del Instituto de Cultura del CUDES.


No hay comentarios todavía.

Dejá un comentario

(requerido)

(requerido)


Security Code: