La primera presidente

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SÁENZ QUESADA, María. La primera presidente. Isabel Perón: una mujer en la tormenta. Buenos Aires. Sudamericana. 2016

Desde el enigma de la esfinge de la mitología griega resuelto por Edipo,  hay una cierta afición en la literatura popular a hablar de los grandes enigmas de la humanidad,como las Líneas de Nazca,  o dónde estaba situada Atlántida,  o cómo se construyeron las pirámides de Egipto.

En nuestro tiempo, uno de los grandes enigmas de la humanidad actual parece ser, por qué la Argentina o los argentinos estamos como estamos…teniéndolo todo, un misterio, algo inexplicable para los extranjeros. Esto ya lo asumimos los argentinos como un lugar común, e incluso nos reímos de nosotros mismos, tal vez, digo,  para no llorar.

Pero junto a este enigma hay otra pregunta que los extranjeros se formulan -y también no pocos argentinos-  y este otro misterio es qué es el peronismo. Este es un tema sobre el cual casi nadie parece ponerse de acuerdo.

El peronismo es un tema eterno en la Argentina.

Siempre se está escribiendo y publicando sobre el peronismo. Incluso en el extranjero hay historiadores que se han especializado en el peronismo, por ejemplo Raanan Rein, cuyo último libro sobre fútbol y peronismo se llama La cancha peronista.  Ustedes se van a reir pero llegué a fundar un club de peronólogos.

Un reciente libro  que acaba de aparecer y ayer se presentó en la feria del libro,  vuelve sobre este tema (hay un artículo en la Nación del domingo)  donde el autor relata que un amigo brasileño le preguntó a ocho argentinos qué era el peronismo y los ocho le dieron respuestas distintas.

Hasta los propios peronistas suelen ufanarse de esta cierta originalidad. El peronismo es algo difícilmente clasificable al menos en los moldes tradicionales, aunque sea habitualmente caracterizado como un populismo latinoamericano. No es fácil salir de caracterizaciones monocolores tanto negativas o positivas, el esquema binario tiene sus atractivos.

Pero lo cierto es que aunque no se sepa muy bien o no nos pongamos de acuerdo sobre  qué es el peronismo, la realidad nos dice que el peronismo  sigue ocupando un lugar de privilegio en la política argentina, y aunque ya no esté en el poder, todo el arco de la oposición de derecha, centro e izquierda, es peronista. Mas aún, los peronistas también están dentro del gobierno y me ha llamado la atención escuchar a más de un peronista hablando como si fuera parte del gobierno.

Es decir que llegaríamos aquí a ese chiste que circula pero que en realidad se le atribuye al propio Perón: peronistas somos todos.

Aparte de esto, el peronismo pese a todo sigue despertando una rara fascinación en la Argentina y también fuera de ella.

Recuerdo un almuerzo que tuve en Madrid con un catedrático de filosofía que no cesó durante todo el tiempo de formularme ansiosamente preguntas sobre la Argentina y en especial…sí, acertaron: sobre el peronismo.

Creo que merece la pena detenerse un minuto en este almuerzo porque conecta directamente con algo que dice la misma autora en este libro.

Era uno de esos almuerzos que tanto le gustan a los españoles, abundantes hasta el hartazgo,  con decirles que recuerdo que duró hasta las cuatro de la tarde.

Al terminar, mi interlocutor, el profesor, me dijo: Roberto, quieres un café con leche?

No podía creer lo que escuchaba. El almuerzo había sido de varios platos así que no tenía ningún  resquicio en mi estómago, y rechacé rápidamente el ofrecimiento, pensando en tener que engullirme un enorme tazón de café con leche con medialunas, o para decirlo en español,  con abundante bollería madrileña, así que rápidamente rechacé el convite, pero después me di cuenta que el café con leche era en realidad el cortado.

Era comienzos del 76, cuando el gobierno de Isabelita daba sus últimos estertores en una sociedad también enferma, consumida por odios fratricidas cuyas brasas aun persisten entre nosotros.

El golpe estaba en el aire, hasta el propio gobierno parecía desearlo como diciendo: sáquenme esto de encima. Estoy seguro de que más de un peronista lo recibió con alivio.

Lo cierto es que mi amigo el catedrático  español estaba fascinado con la situación política argentina, que a mí me parecía dramática pero a él le parecía realismo mágico latinoamericano. Estaba verdaderamente absorto en mi relato.

El no cesaba de preguntarme con una contenida ansiedad sobre la situación argentina, que le parecía algo fantástico, casi irreal, pero que al mismo tiempo era una realidad. Abría muy grandes sus ojos y absorbía cada una de mis explicaciones.

A él le asombraba, le producía asombro, esa realidad argentina que se le antojaba al mismo tiempo irreal pero verdadera, una nación con un rey cuyo poder absoluto -a tal punto que le bastaba un solo gesto para convertir  a cualquiera en un muerto civil y quizás en un muerto con todas las de la ley- digo, un rey absoluto que había desaparecido con su muerte, y la sucesión de la reina, en una corte con todo lo que según él una corte ha de tener, o sea intrigas, nobles, pajes, y todo lo que hay en una corte,  incluyendo un brujo, Merlín.

Me acordé de este almuerzo tan lejano en el tiempo cuandio leí que la autora se refiere a este modelo de corte, bien al final del libro, y usa la misma palabra.

Para mi amigo también la Argentina era la imagen rediviva de una corte medieval, donde las intrigas de palacio y los juegos de poder de los señores feudales eran un factor constitutivo de esa misma corte y las luchas a sangre y fuego contra los bárbaros de allende las fronteras (los otros), también constituían un elemento sustancial de la estructura política y cultural.

María Sáenz Quesada se ha situado (ella misma así lo caracteriza, y Rosendo Fraga lo subraya) en ese  mundo de realismo  mágico, para trazar una semblanza biográfica de la primer presidente argentina que sintetiza con el subtítulo: una mujer en la tormenta.

Y qué tormenta. Al final de su investigación la autora recuerda una sintética descripción de Carlos Floria, uno de los más importantes historiadores del siglo XX, que fue -lo digo con cariño y orgullo- uno de los primeros profesores de lo que es hoy nuestra diplomatura en cultura argentina.

Los años setenta -dice Floria- fueron la condensación de vicios públicos y privados de la Argentina contemporánea y uno de los más violentos y delirantes de nuestra historia.Con motivo del cuadragésimo aniversario del 24 de marzo de 1976 que marcó el comienzo del gobierno militar, se publicaron una diversidad de obras y junto con ellas también se reavivó el interés por su periodo inmediatamente anterior, sin el cual no se explica: el gobierno de María Estela Martínez Cartas viuda de Perón, Isabelita. Una mujer protagonista principal de un periodo que se inscribe en un realismo mágico latinoamericano.

Entre las características de este movimiento literario desarrollado en los mismos años sesenta y setenta, pueden mencionarse contenidos mágicos o fantásticos (como el que veía mi amigo el catedrático madrileño) que sin embargo eran al mismo tienpo reales, normales, cotidianos.

En la literatura de esta corriente, los hechos son reales pero tienen una connotación fantástica, ya que algunos no tienen explicación, o es muy improbable que ocurran.  Pero ocurrieron. En la vida  política del momento histórico que estudia este libro, ocurrieron, y eso es lo asombroso, y quizás más nos cueste admitir que nosotros fuimos los protagonistas, al menos los que vivimos ese periodo histórico.

Una característica de María Saénz como historiadora es el contexto, algo que heredó -me parece- de su maestro Félix Luna, es decir, la descripción de la sociedad, no sólo de la política sino de la cultura social de la época. Esto le confiere al relato una cercanía muy amigable al lector.

Entre esa floración de publicaciones por así decir conmemorativas,  sobresale esta biografía que la autora presenta (después de la primera edición de  hace más de una década) como una edición definitiva, aunque quizás haya que volver sobre el tema de un modo más conclusivo cuando la protagonista deje definitivamente este mundo.

Hay que decir también que ella, la reina Isabel, fue no sólo ridiculizada sino también satanizada -un proceso habitual en la vida pública argentina que hemos vuelto a reiterar una y otra vez- y esta biografía trata de encontrar una mirada más serena sobre su persona.

Me parece que Isabelita reúne una doble condición: que fue victimaria pero también víctima. Ella fue parte de un torbellino provocado  en buena medida por su propio marido, y  alimentado por ella misma que la zarandeó como una hoja seca que es arrollada,  arrastrada a las alcantarillas después de ser agitada por los vientos.

Una mujer en la tormenta. Podemos agregar en el mismo sentido: aquellos vientos trajeron estos lodos.

Fueron días, años terribles, de los cuales me parece que ningún argentino puede considerarse completamente exento.

Es verdad que no todos fueron, no todos fuimos igualmente responsables. Pero fuimos responsables, no podemos poner cara de yo no fui, y me arrepiento de cosas que pensé y escribí en esa época de polvo y espanto.

Isabelita -esta mujer encharcada en sangre de rostro en ocasiones ausente y en momentos en rictus,  transida acaso de rasgos histéricos-    es un capítulo deliberadamente olvidado por los argentinos, una memoria  que ahora María Sáenz Quesada vuelve a recuperar,  y tal vez ella pueda indicarnos mediante la lectura de esta obra también una suerte de sugerencia, incluso de enseñanza.

Los olvidos no suelen ser inocentes, tienen una matriz, por ejemplo la negación. Como la autora hace una reflexión sobre esta negación, que suscribo, también quiero decir ahora para terminar, algo, muy brevemente, que comparto con  ustedes.

Las víctimas del holocausto, de la shoá, también se negaron a hablar durante un largo periodo, no podían resistir evocar un dolor tan tremendo. No hablaron, porque  no podían hablar.

Hay distintos tipos de negaciones. Nos acordamos de las cosas  que nos gustan, eso es la ensoñación. No nos acordamos de las cosas que no nos gustan, que nos hieren,  que “preferiríamos olvidar”. Es un proceso de negación, pero interesado, porque hay una realidad que no sólo nos interpela sino que nos lastima. Es mejor que no haya existido. Pero existió.

Hay casos en que la negación puede tener un sentido positivo que es mirar para adelante. En nuestro caso,  creo que si no asumimos la totalidad de nuestra realidad siempre podemos volver a repetir cuadros de inmadurez como sociedad,  vivir en una perpetua adolescencia.

María Sáenz Quesada, en la saga de Félix Luna, reúne en este libro, como en otros anteriores,  el rigor científico y la amenidad, un rasgo éste tradicionalmente bastante descuidado, que precisamente constituye un elemento característico de la producción historiográfica de ambos. La prosa es concisa, sencilla,  descriptiva de situaciones…y amena. La armonía alcanzada por la autora al conjugar minuciosidad y síntesis -lo que permite una lectura prístina de los datos-, es uno de los logros más evidentes de la obra. Transmite con fidelidad los elementos necesarios para que el lector se sitúe  rápidamente en la realidad sin aparatos conceptuales ideológicos.

Isabel ¿culpable o inocente? se interroga a sí misma la historiadora al cerrar el capítulo conclusivo de su obra.  Quisiera terminar con  una de las lúcidas reflexiones con que María  Sáenz Quesada también concluye su obra.

Los problemas contemporáneos, dice María, no nacieron solos; son el resultado de muchos años de manejos arbitrarios del gobierno y de indiferencia ciudadana. Subrayo estas dos puntas: gobierno sí, pero también pueblo, ciudadanía. Y  cito textualmente: Conviene entonces, más que condenar en bloque a una etapa de la historia reciente, tratar de entenderla sin dividir a los protagonistas en inocentes o culpables.

Me parece que hay aquí una gran sabiduría que no debiéramos desaprovechar, porque pienso que este aporte de María Sáenz Quesada ilumina la oscuridad de una noche con la mejor enseñanza de la historia, la sentencia  clásica de Cicerón: la Historia, Magistra Vitae.

R.B.


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