Una mala decisión

El Boletín Digital está dando paso a los exponentes de la nueva cultura de nuestro país. En esta entrega publicamos un cuento de la joven escritora,Mary Putrueli. Ella, al igual que muchos otros, ha respondido a la convocatoria realizada desde el Instituto de Cultura del Centro Universitario de Estudios (CUDES).

UNA MALA DECISIÓN


El sol pedía permiso por las rendijas de la persiana de plástico, la misma con la cual había batallado toda la madrugada, debido a ese viento insistente que no dejaba de golpearla.
Ese concierto fastidioso que se suscitó entre ambos, me  mantuvo despierto; eso, y la agonizante fecha límite. Por primera vez en años, una editorial puso su voto de confianza en mí, alguien lo suficientemente errático, había decidido entregarme dinero, anticipando una gran novela de un prometedor joven escritor.

Ese era yo, sí era joven, sí había prometido una novela, y sí, me quedaban exactos cinco días para escribirla, no tenía tema, no tenía título, solo tenía definido a mi personaje: un empresario en su mejor momento profesional, a quien la vida empezaba a sonreírle, cuando un día al llegar a su casa, encontró una nota,  en la cual le anunciaban el precio que debía pagar si quería recuperar a su bella esposa y su pequeña hija. Eso tenía, un hombre desesperado, esperando por mí, en vano.

La noche sin dormir pesaba en toda mi espalda, intenté esconderme una vez más dentro del viejo edredón, cuando escuché un ruido proveniente del living que me dejó en seco.

Mis opciones mentales fueron desde el viento aflojando algún objeto de decoración inservible, hasta creer que el sonido inquieto era solo una invención de mi cerebro agotado.

Alguien tosió, ahora sí, era oficial, el pánico hizo presa de mí, alguien estaba en mi departamento y yo no tenía opción alguna, más que levantarme e ir a su encuentro.

En cámara lenta me puse una vieja remera, tomé por el mango la botella vacía de cerveza que yacía junto a mi; lo tenía claro, si iba a morir a manos de un extraño no sería sin dar pelea.

Caminé lentamente hacia la sala, intentaba agudizar el oído, pero no se escuchaba nada, por alguna razón que se escapaba al sentido común, iba tomándome de la pared con la mano que me quedaba libre, me hallaba ya casi a punto de asomar mi cabeza y descubrir quien estaba dentro de mi casa

Lo primero que vieron mis ojos, no tenía lógica alguna, me asomé y del susto volví para atrás, incrédulo en todo mi raciocinio me asomé nuevamente y ahí estaba él, sentado en mi sillón, cabizbajo, con las manos entrelazadas

No, no era posible, no podía ser; volvió a toser, y el último carraspeo de su garganta coincidió con el choque del envase de cerveza deslizándose de mi mano hacia el suelo. Me miró asustado, yo lo miré esperando pronto despertar de lo que creía un sueño, su mirada coincidiendo con la mía, sabiéndonos conocidos indicaba que esto era real.

─¿Marcos?, ─dije titubeando, sin terminar de asomar el resto de mi cuerpo hacia donde estaba él. Asintió con un leve movimiento de cabeza.

─No, no puede ser. Insistí en convencerme de la idea de una posible alucinación, hasta que este señor, de traje impecable, se levantó levemente la manga, descubriendo ante mis ojos el tatuaje de un dragón chino, un tatuaje que yo conocía perfectamente bien, al igual que a la persona que estaba sentada en el sillón de mi casa; ese tatuaje lo había pensado yo y ese hombre que no dejaba de mirarme, era ni más ni me menos que el protagonista de mi novela sin escribir.

─Lamento aparecerme de esta manera, pero entenderás que no puedo quedarme de brazos cruzados. Sus labios se movían diciendo estas palabras, mientras yo seguía perplejo ante la utópica situación: que mi personaje principal me estuviera hablando y disculpándose en mi propio hogar.

─Sé que esto puedo resultar confuso, y no hubiese querido llegar a este extremo, pero siguen pasando los días y mi familia continúa desaparecida, y vos no estás haciendo nada para que pueda encontrarla.

Me acerqué un poco más, logré susurrar: ─¿Ayudarte cómo?

─No sé, vos decidiste esta situación, ahora tenés que arreglarlo, no podés dejarme ni dejarnos así, por favor sentate a escribir y decime dónde está mi familia.

Sin lograr salir del asombro, me senté a su lado y de la mejor manera posible le expliqué lo que estaba sucediendo.

─Marcos, dejando de lado que esto que sucede no está sucediendo, más que en mi afectada materia gris, no puedo ayudarte ni con tu familia ni con nada, porque lamento comunicarte que vos sos un personaje creado por mí, para el cual me he quedado sin palabras. ─Me miró de reojo, confieso que sentí un escalofrío por todo el cuerpo.

─A mí no me interesan los motivos de esta ausencia de palabras, pero si vos no lográs encontrarlas y dejás que pasen estos cinco días restantes, mi familia va a desparecer, y yo no puedo permitírtelo.

¡Perfecto!, ahora sí había tocado fondo, estaba siendo hostigado por una creación literaria de mi autoría. Me reí por dentro hasta que la risa se convirtió en carcajada, algo desquiciada, admito, pero…, ¿cómo no reír ante tal amenaza?.

Me levanté del sillón, prendí un cigarrillo mientras contemplaba a través del ventanal. Miré hacía atrás, él seguía ahí, con sus ojos clavados en mí.

Me senté en el escritorio, encendí la computadora, mientras cargaba el archivo de mi truncado primer libro, intenté explicarle a Marcos, que no había nada que yo pudiera hacer, los días pasaban y mi imaginación e inspiración habían decidido desaparecer y abandonarme a mi suerte.

¿Por qué no se aparecieron ellas en mi casa? Pensé por dentro, a ellas sí las hubiera invitado a quedarse a vivir conmigo, pero este intruso asfixiante era lo que menos necesitaba para terminar de erosionar por dentro.

Le mostré la pantalla con pocos párrafos desarrollados, junto con unos cuantos pilones de hojas escritas a mano y tachadas en rojo por donde se las mirara; para mi sorpresa la pasividad de Marcos, dio un cambió rotundo al tomar mi mano con fuerza y apoyarla sobre el teclado, bajo la orden de escribir.

Retiré mi mano con fuerza, Marcos se incorporó, aflojó su corbata, y antes que pudiera notarlo, se abalanzó sobre mí, intentando tomar mi cuello con sus diminutas manos imaginarias. Comenzamos un forcejeo de un lado a otro, terminamos en el suelo, rodando, vuelta y vuelta, ninguno de los dos era un luchador nato.

─Primero, si me matas no voy a poder ayudarte, nadie va a escribir tu historia y segundo, aunque no estoy seguro de no querer que me mates, no tengo nada interesante que escribir, soy un fraude, un escritor de poca monta, al que le dieron una oportunidad que nunca pidió.

Perdido en sus estribos, tomó un resto de la botella de cerveza del suelo y la colocó sobre mi cuello, jadeando, con las venas de la sien al borde de explotar.

─Arrogante de porquería, vas a dejar que las maten, todo por dejarte ser un fracasado sin aspiraciones. No se podía negar que para ser un invento, el tipo tenía todo bastante claro.

Ya molesto y enceguecido por la ira contra él y contra mí, saqué fuerza que no recuerdo haber tenido, de músculos que tampoco sabía existían; cerré el puño derecho con toda la fuerza posible y lo estrellé en su pómulo izquierdo, arrojando a mi único y preciado personaje al encuentro con su muerte.

Cayó de lleno sobre el resto de los vidrios, incrustando su cuello y la elegante corbata sobre ellos; dibujando un charco de sangre en su camisa blanca de chico bien.

Estuve sentado a su lado, sin reacción, sin pensamientos, solo sentado, dejando pasar un día más. Llegó la noche y me encontró en la misma posición, intenté incorporarme sobre mis pies, esquivé los vidrios, me dirigí nuevamente a la cama, ahora tenía solamente cuatro días para entregar mi primera novela, y un problema aún más grave, acababa de matar a mi personaje principal.


Mary Putrueli.

#siempreconmagia

Si querés conocer más de esta autora, podés visitar su blog: http://www.maryputrueli.com.ar/

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