Homenaje al algarrobo

algarrobo

Por Cristina L. de Bugatti

El algarrobo, más que un árbol, es un tema que me es inexplicable y particularmente sensible. Me asomé a un universo. Procuraré ordenar los datos encontrados, explorar los infinitos senderos que se abrieron.

Hay, en el país, 57 lugares con estafeta postal que se llaman Algarrobo y 27 que se llaman Taco (su nombre quechua) o Ibopé (su nombre guaraní). Hay también, diseminados, algarrobos históricos o notables, con historias fascinantes. Bien a mano, en la barranca de San Isidro, en la Quinta Pueyrredón, está el gran algarrobo debajo del cual –según se cuenta– San Martín y Pueyrredón planificaron la libertad de América; y al cual Victoria Ocampo hizo protagonista de un libro: Habla el Algarrobo. En Villa de Merlo, en San Luis, se destaca el “Algarrobo de los Agüero” al que se le calculan 800 años de edad, y al que el poeta Antonio Esteban Agüero dedicó Las Cantatas del Árbol. En Purmamarca, un ejemplar que se deduce tiene 650 años, otro en Barranca Yaco, testigo del asesinato de Quiroga, y tantos más.

Ya lejos de estos parajes entrañables, caminando por la ciudad de Roma, mis ojos tropezaron con una placa colocada en la pared, en una de las calles que nace en la plaza del Panteón. No pude dejar de emocionarme con el texto allí escrito, en italiano, que en mi mala traducción pierde mucho encanto: “El Municipio de Buenos Aires, renovando el pavimento de la calle con maderas de bosques argentinos, desea piadosamente rodear de religioso silencio la tumba venerada de los dos primeros reyes de Italia. La Comuna de Roma, agradecida por el sentimiento fraterno, pone este recordatorio. Febrero 1906″.

Como las calles se veían cubiertas de pavimento negro, un señor mayor me aclaró que antes había tarugos de madera. Imaginé que el lugar estaría empedrado y que los carruajes harían ruido al circular sobre piedras, atenuado luego al pasar sobre madera maciza. El 1º de abril de 2006, en la sección “l00 años atrás” del diario “La Nación” se leía: “Roma, 31. Esta mañana fue recibido por el Rey Víctor Manuel el Ingeniero Benoit, director de las obras de pavimentación de la Plaza del Panteón, por cuenta de la Municipalidad de Buenos Aires”. El material utilizado eran adoquines de algarrobo catamarqueño.

En épocas y lugares en que casi no existía la cultura de plantar o reproducir árboles, en tierras pobres, crecía esta especie, casi como don del cielo, capaz de dar alimento, sombra, forraje para el ganado, madera para construcciones y hasta tintura para los hilados, resinas para ablandar cueros, polen para la miel de avispas y abejas. Para el criollo fue “el árbol”, referente de un lugar, de su hogar, de su medio.

El género Prosopis, al que pertenece, tiene su mayor presencia y diversidad en la Argentina. Es también aquí donde se efectúa su mayor hibridación natural, y el consiguiente polimorfismo. Esa variabilidad genética, que hace que en una población de algarrobos se encuentren ejemplares que florecen y fructifican en épocas distintas y que crecen a diferentes ritmos, es la que produce mayor crecimiento maderero y de formación de frutos

Aunque lo integran especies muy valiosas, las comúnmente llamadas “algarrobo” son dos: Prosopis alba –el algarrobo blanco– que prospera en la parte central del país, y el Prosopis nigra –el algarrobo negro– de similares características, pero ocupa zonas más al norte. Pueden prosperar en suelos de baja fertilidad, y aun pedregosos y salinos, y soportan sequías prolongadas. Su particular estructura de raíz, compuesta de un eje que le permite incursionar en zonas muy profundas en busca de agua y raíces superficiales, que aprovechan la más leve lluvia, los hacen muy eficientes en el uso de este escaso elemento. Como toda leguminosa –familia a la que pertenece– presenta nódulos en simbiosis con rhizobios, microorganismos capaces de fijar el nitrógeno atmosférico, y con hongos micorríticos, que incrementan la absorción de fósforo soluble y otros nutrientes del suelo.

Esos valiosos aportes a la calidad del suelo se incrementan con su copa, que frena la velocidad del viento, con la hojarasca que se forma al caer hojas, que mantiene la temperatura y la humedad del suelo en niveles tolerables, y con las deyecciones del ganado que busca su sombra.

Como ejemplar aislado, su desarrollo alcanza los 18 metros de altura y su copa es de forma aparasolada, de hasta 10 metros de diámetro. Tiene hojas caducas, compuestas, de hasta 12cm de largo, con finos folíolos y, a veces, espinas en su base. Los brotes nuevos exhalan agradable perfume, debido a sus aceites volátiles e hidrocarburos, que podrían hasta perfumar cueros. Las flores aparecen en la primavera, formando densas espiguillas, con gran producción de polen.

Los frutos son vainas de unos 20cm de largo, con semillas de unos 7cm, llamadas “algarrobas”, ricas en minerales y vitaminas, que se transforman en diferentes alimentos y bebidas. Las algarrobas tostadas y molidas dan origen a una harina. Mezclada con agua fría y horneada se forma el “patay”, verdadero pan indígena. La harina disuelta en agua fría es la “añapa”, bebida refrescante, alimenticia y diurética. Si la “añapa” se deja fermentar se convierte en “aloja”, una bebida alcohólica. Las posibilidades de cada comunidad ensayaron mezclas de estos elementos con otros, como harinas de trigo o grasas, que permiten gran variedad de productos.

Las algarrobas comienzan a madurar en diciembre, cuando empiezan a cantar los “coyuyos” (Circadae dactyliophora). La creencia es que los coyuyos hacen madurar las algarrobas. Lo cierto es que el monótono canto de esta cigarra acompaña toda la cosecha y, desde épocas muy antiguas, circulan leyendas y cantos que los incluyen. Terminada la cosecha, los coyuyos desaparecen.

Después de reunir estos recuerdos y saberes dispersos, me asomé al mundo de Internet, y allí suman cientos los trabajos que aparecen sobre esta planta bendita. La Universidad Nacional de Córdoba encabeza la lista, por la cantidad y diversidad de estudios realizados, y ha dado lugar a la formación de grupos de estudio y difusión. Chaco, Salta, San Luis han hecho importantes aportes al tema y organizan movimientos de protección y recuperación de algarrobales. Lo asombroso es que, a partir de temas que lo tratan desde el punto de vista botánico, ecológico, económico, aparecen siempre los comentarios de sus valores intangibles que forman un universo de poesía y espiritualidad que está en peligro, pero debiera, urgentemente, salvarse.


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