¿Argentina, es realmente un país soberano?

bandera

Por Emilio Guillermo Nani*

Hablar de soberanía sin enmarcarla en lo histórico, puede constituirse en algo abstracto, más aún en este mes de noviembre en que nos encontramos próximos a celebrar nuestro Día de la Soberanía Nacional, en homenaje al 168vo. aniversario del Combate de la Vuelta de Obligado, cuando el gobierno de Buenos Aires decidió enfrentar, con coraje y patriotismo, a una escuadra anglo-francesa que controlaba la navegación en el Río Uruguay y la Isla Martín García y pretendía hacer lo mismo con el resto de nuestras rutas navegables, poniendo en evidencia la estirpe de guerreros de nuestro pueblo.

Es por ello que voy a encarar el tema, desde el punto de vista de lo que está sucediendo hoy en -y con- nuestro país, para que cada uno de los lectores saque sus propias conclusiones y relacione el concepto profundo de la palabra soberanía con nuestra propia realidad y, de esa forma, podamos sacar alguna deducción beneficiosa para todos.

Según el Diccionario de la RAE, soberanía es “autoridad más elevada sobre el poder político de un pueblo o una nación”, o bien, “gobierno o dominio que un pueblo o una nación ejerce sobre sí mismo, en oposición al gobierno impuesto por otro pueblo u otra nación”.

A partir de estas definiciones, voy intentar revivir algunas cosas que nos muestran la realidad actual de nuestro país, caracterizada por la pobreza, la miseria y la indigencia; la exclusión social y el desempleo o empleo degradante; sistemas de salud que en absoluto satisfacen las necesidades de la gente; educación vaciada de contenido y de sentido; inseguridad; recesión; desmoralización y descreimiento en las instituciones.

Estos ingredientes, provocados y agravados por una corporación política ineficiente y corrupta, con la tolerancia y la indiferencia del resto de las fuerzas que conforman el quehacer nacional: económicas, políticas, educacionales, comunicacionales, religiosas, militares, etc., nos han traído a este estado de decadencia moral y de intolerancia social jamás visto, ni presentido, que conforma un estado de latente convulsión social y aguarda el momento oportuno para explotar.

A partir de aquí reseñaré un listado de hechos que han sucedido (y están sucediendo), que nos permitirán comenzar a esbozar una respuesta al interrogante que da título a este breve escrito:

.-. Existen millones de kilómetros cuadrados en manos extranjeras, lo que ha constituido una invasión pacífica en nuestro país.- Algunos ejemplos a tener en cuenta:

.-. Con la excusa de reivindicar pretensiones territoriales, existen reclamos de comunidades mapuches, guaraníes, quichuas, ranqueles, en el centro, norte y sur del país, autodenominados “pueblos originarios” que, apoyados por organizaciones internacionales, como por ejemplo la Iglesia Anglicana -y por la propia Inglaterra- pretenden la creación de nuevas naciones dentro de la República Argentina. Estos reclamos indigenistas están vinculados a vastos territorios de alto valor estratégico por las riquezas naturales que contienen.

.-. Existen tropas extranjeras en una porción de suelo patrio, Islas Malvinas, Sandwich del Sur y Georgias del Sur, considerado por la Comunidad Europea como “territorio británico de ultramar”.

.-. La depredación ictícola y el descuido de nuestros mares son otra muestra de la entrega de nuestro patrimonio, que pone de manifiesto el desinterés de quienes deben defenderlo; también la pesca se convirtió en un negocio de pocos.

.-. El descuido por proteger nuestros derechos sobre el Continente Antártico quedó evidenciado en la escandalosa Campaña Antártica 2012/2013, a pesar que en diciembre de 2012, el Reino Unido decidió llamar “Tierra de la reina Isabel” a una parte del territorio antártico reivindicado por nuestro país.

.-. La Argentina avaló un proyecto de la ONU de proponer un acuerdo de desarme general en toda Latinoamérica.

.-. Con la excusa de comenzar a bajar los preocupantes índices de delincuencia, el Congreso aprobó el programa de desarme nacional y tenencia de armas en manos de argentinos.

.-. En el año 1996 se realizó en la selva de Lacandona (Chiapas - México) una reunión internacional auspiciada por el Foro San Pablo, en la cual estuvieron presentes, entre otros, además de quien controla todo ese vasto y rico territorio, el “comandante” Marcos, Danielle Mitterrand, Regis Debray, Hebe de Bonafini, Sergio Schoklender, políticos de izquierda de varios países sudamericanos y periodistas de todo el mundo. Se analizó la propuesta de de D. Mitterrand respecto de la necesidad de terminar con los estados y los ejércitos latinoamericanos.

.-. Entre el 28 y 29 de julio de 2000 se realizó en Manta – Ecuador, el “Primer encuentro antiimperialista”, en el que participaron numerosas organizaciones de izquierda y terroristas latinoamericanas; se destacó la presencia de las FARC y del ELN colombianos. Las decisiones centrales fueron, en una primera etapa, promover las protestas sociales, sectoriales y sindicales en los países de Latinoamérica. Respecto de los representantes argentinos del PCR y del PTP sostuvieron la necesidad de actuar inmediatamente.

.-. En el Foro Social Mundial, llevado a cabo entre el 25 al 30 de enero de 2002 en la ciudad de Porto Alegre (Brasil), representantes cubanos, de las narcoguerrillas colombianas, de teólogos de la Liberación de varios países, del Partido Comunista de Brasil y del Movimiento Sin Tierra, presentaron propuestas que hacen del uso de la violencia, denominada “lucha social”, un procedimiento “legítimo” para el acceso al poder.

En nuestro país existen miembros de la Organización Mundial de Financiamiento de Luchas Sociales (OMFLS), que se instalaron en La Matanza y se reunieron con dirigentes de la Corriente Clasista y Combativa, de la CTA, del Frente para el Cambio, del Polo Social, del PCR, del PTP y de la Federación del Trabajo y Vivienda (FTV).

El Foro Social Mundial y el Foro San Pablo son dos caras de una misma moneda revolucionaria, con vastas redes de apoyo en el mundo entero.

.-. Nos encontramos ante los síntomas de una sociedad enferma o anestesiada, que permite que, por todos los medios, se pretendan secar nuestras raíces, se cuestionen nuestros orígenes hispanocatólicos y se intente imponer un modelo de país que nada tiene que ver con nuestra idiosincrasia. Por ejemplo, la idea de quitar de los billetes de cien pesos la imagen de Julio Argentino Roca; el desmantelamiento del monumento de Colón para sustituirlo por el de Juana Azurduy de Padilla; el reemplazo del nombre de la Biblioteca de la Provincia de Buenos Aires, en La Plata, de “Libertador José de San Martín”, por el de Ernesto Sabato; la eliminación de la bandera de la Provincia de Tucumán porque tiene la Santa Cruz como parte del emblema; la prohibición del estudio de la Religión Católica en las escuelas de Catamarca; el retiro de crucifijos de establecimientos públicos; la prohibición de la celebración del Día de la Virgen del Carmen de Cuyo, Generala del Ejército de los Andes, en Mendoza; el proyecto de ordenanza del Concejo Deliberante de Granadero Baigorria, Pcia de Santa Fe, por el que se modifica el nombre de la plaza San Martín, por el de República de Irak.

.-. Nuevas amenazas (que a esta altura de los hechos ya han dejado de constituirse en amenazas para convertirse en aterradoras realidades): terrorismo, crimen organizado y no tan organizado (narcotráfico, trata de personas, corrupción generalizada); violencia social, inseguridad, ecologismo.

.-. Desde los poderes del Estado se fomenta la contraconcepción y el aborto (en los hospitales públicos se priorizan las vasectomías y ligaduras de trompas por sobre las intervenciones quirúrgicas cardiovasculares y nuestras hijas menores de edad pueden concurrir a ellos para conseguir gratuitamente instrumentos o píldoras anticonceptivos). De esta forma, al fomentar el control de la natalidad o directamente la no procreación, se atenta seriamente contra los intereses de una Nación despoblada y apetecible.

.-. Legisladores trasnochados pretenden que se despenalice la droga en un país que goza del triste privilegio de ser el primer consumidor de cocaína en el estudiantado y el segundo a escala general de toda América y el tercer exportador del mundo de esa droga, con un agravante: no somos productores de coca.

.-. A la “invasión silenciosa”, le debemos agregar el “genocidio silencioso”, que se viene llevando a cabo desde estos últimos 30 años del que, hasta ahora, nadie se hace responsable. Muertos como consecuencia de falta de alimentos o agua potable; por no tener acceso a un sistema de salud digno; por la acción una delincuencia descontrolada; del desenfreno, la droga y el alcohol; de accidentes de tránsito, por la negligencia de un Estado ausente; de la desesperación o de la indiferencia del Estado.

.-. El crecimiento sostenido de la pobreza, la exclusión social, la indigencia, el desempleo y la subocupación, con la consiguiente ruptura de la unidad familiar como consecuencia de esta situación.

.-. La deserción escolar y un sistema educativo sin valores ni contenidos (más de un millones de jóvenes de entre 16 y 24 admiten no haber trabajado ni estudiado).

.-. Desmantelamiento de los Sistemas de Defensa y de Seguridad, que ha traído como consecuencia la indefensión y la inseguridad, en un país de fronteras permeables, enormes riquezas naturales y grandes extensiones de territorio despobladas.

.-. Los efectos de amenazas transnacionales, tales como el terrorismo; el crimen organizado internacional; el narcoterrorismo; la trata de personas, el tráfico de armas y de órganos; la guerra social, económica, cibernética; los fundamentalismos religiosos y el lavado de dinero, por sólo mencionar algunos de los hechos existentes.

.-. Ley Federal de Educación igualitaria y laicista, vaciada de contenidos, valores y respeto al orden y la autoridad.

.-. Inmigración descontrolada y crecimiento sostenido de villas de emergencia y usurpaciones de propiedades, especialmente en la Ciudad de Buenos Aires y en el conurbano bonaerense.

.-. Corrupción judicial caracterizada por la “distracción” de jueces -que han hecho del prevaricato su metodología para negar justicia- en la persecución de delitos vinculados al narcotráfico, la trata de personas y el enriquecimiento injustificado de funcionarios, jueces, legisladores y empresarios vinculados al poder, y por el acoso implacable contra miembros de las FFAA, de Seguridad, policiales, penitenciarias y civiles, por haber participado en la liberación de la Argentina y de su pueblo del flagelo del terrorismo.

.-. Para poder ejercer la soberanía, un país debe ser libre de ataduras. Para ser soberano, el pueblo debe ser, por sobre todo, libre, y concebir esa libertad en el respeto a la ley y a los conciudadanos. Ahora bien, teniendo en cuenta la brevísima síntesis de lo que está sucediendo en la Argentina, expresada anteriormente –a la que los lectores podrán agregar muchísimos otros aspectos de su propio conocimiento, involuntariamente omitidos por mí para este trabajo-, ¿es posible concebir que nuestro país sea realmente soberano?

Para cerrar estas palabras, voy a parafrasear las utilizadas para despedir los restos del General Jorge Cáceres Monié, brutalmente asesinado junto a su esposa, por los terroristas que asolaron nuestro país:

“Nuestro país es producto de un pueblo que quiso ser libre, que peleó y ganó su libertad y está dispuesto a seguir siendo libre. No duden los argentinos que el triunfo será nuestro, pese a los indiferentes, a los indecisos, los especuladores, los cobardes y los que juegan con el país, mientras otros se juegan la vida por su Patria.”

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* Teniente Coronel (r). Veterano de Guerra. Profesor en el Instituto de Cultura del CUDES.

El “boom” latinoamericano y la unidad de lectura

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Por Fernando Sánchez Zinny*

Hace unos meses tuve oportunidad de ofrecer una pequeña charla introductoria acerca del llamado “boom latinoamericano”, como parte del Programa de Cultura de América Latina del Instituto de Cultura del CUDES. Creo que fue del agrado del atento y cordial grupo de cursantes que asistió, presunción que ciertamente me congratula. En una muy somera síntesis, en esa ocasión se pasó revista a autores y a obras, a antecedentes y a desarrollos ulteriores, a las tendencias del momento y a las imprecisas concomitancias supérstites. En fin, a las convergencias de propósitos y de expresiones propias de esa época y de cualquier otra, y a las múltiples divergencias que, en asuntos de ese tipo, derivan siempre de la vastísima variabilidad de lo humano.

A todos nos quedó en claro que ese tal boom no fue un movimiento del gusto, una voluntad de estilo o una escuela literaria. En cambio, lo que  seguramente sí resultó establecido para el conjunto, es que la denominación define a una etapa perfectamente diferenciada, abarcadora de un lapso en el que simultáneamente comparecieron, desde puntos diversos del continente hispánico existente de este lado del Atlántico, determinados autores que adquirieron prestigio y difusión, y que fueron leídos, debatidos y juzgados por la totalidad “representativa” del público lector generado en ese continente. Pues, bien visto, en rigor el boom fue la transitoria y euforizante emergencia de una “unidad de lectura” extendida al mundo de nuestro idioma, la que creó, en el curso de esos años, una anfictionía de grandes literatos, subsistente todavía en el incontestado ascendiente de Gabriel García Márquez y de Mario Vargas Llosa, y en el eco soterrado de aquel vocerío polémico suscitado por Roberto Fernández Retamar, a raíz de su encono contra Carlos Fuentes y Octavio Paz.

Hoy, cuando esa circunstancia excepcional va haciéndose recuerdo, lo que ella significó y en parte aún significa, impone una reflexión que necesariamente ha de tomar en cuenta las singulares condiciones en que se desenvuelve lo literario entre nosotros o, mejor dicho, en la suma de los ámbitos en que se habla nuestro idioma. Es un hecho concreto que la actividad literaria sigue, como la sombra al cuerpo, el desarrollo de toda lengua y que, cuando es el caso de que ésta participa de un orden cultural complejo, invariablemente surge un canon de obras o textos identificatorios, y después la individualidad de autores y conocedores, junto con rasgos peculiares de elocución y de tema, y un duradero criterio de gusto que constituye el núcleo conservador del conjunto con que se manifiesta el fenómeno. Un buen ejemplo al respecto es el de la literatura española, rubro que más bien califica a la literatura en castellano, y en la que confluyen todas las obras escritas -aun con variantes gravosas- de un modo  comprensible a la generalidad del segmento humano que se vale de ese idioma.

Pero ocurre que por algún motivo, sin duda sociológico, la consideración general de lo que se produce en castellano vino, en la  práctica, a quedar rota a partir de la lucha emancipadora librada por la América española. Desde entonces, cada una de sus áreas principales quedó encapsulada y aislada y sólo en instancias muy de excepción aparecen puentes entre ellas. Es curioso y a la vez sintomático que, tras la irrupción del romanticismo, cada una de esas porciones de los territorios castellanos ultramarinos no conozca en literatura sino lo que se produce en sí misma con el agregado de lo que viene de la península; le falta, casi del todo, información acerca de lo que sucede en las restantes, a despecho de modernos viajes turísticos, de bohemios trashumantes y de exilios recurrentes provocados por la turbulencia política que fuerza a escritores de tal o cual país a refugiarse en otros países hermanos.

La secuencia proveniente de España es harto sabida y todos la han compartido, por lo menos hasta la Guerra Civil: Larra y Espronceda, Alarcón y Zorrilla, Becquer y Campoamor, Pérez Galdós y Valera, Menéndez Pelayo y Menéndez Pidal, Unamuno y Baroja, Benavente y Marquina, Azorín y Ortega y Gasset, los Machado y Juan Ramón y, finalmente, Lorca y la generación del 27. Vayamos a lo que en inmediato nos concierne: por supuesto, los críticos y lectores del Río de la Plata transitaron intensamente las páginas de esos autores y de otros muchos afines, pero, aparte de eso, apenas si estaban anoticiados de lo que se hacía en los otros centros castellanos de América. La gran excepción inicial fue, naturalmente, María, de Jorge Isaac; por proximidad se conocía a Juan Zorrilla de San Martín y, por el arrebato heroico que acompañó su vida y por sus vinculaciones con “La Nación”, a José Martí. También por cercanía se frecuentó a historiadores chilenos; circulaban, además, las Tradiciones de Ricardo Palma y algunos poemas de Gutiérrez Nájera, Pombo y Manuel Acuña. Finalmente, los eruditos tenían concomitancias, en verdad relevantes, con Andrés Bello, Rufino Cuervo y Eugenio María de Hostos.

Cabe barruntar que hay causas profundas que justifican esa distancia cultural y emocional, hasta hoy vigente con empecinada firmeza. A ser sinceros, poco y nada sabemos de México, de Colombia, de Perú, de Chile, de Cuba, exceptuados ciertos nombres subsistentes de la época del auge o bien canonizados últimamente al conferirles el premio Príncipe de Asturias. Pero si hay en esos países tendencias diferenciadoras o movimientos de innovación, confesaremos que nuestra versación al respecto es restringidamente periodística. ¿Qué legado habrá dejado, por ejemplo, el “nadaísmo” colombiano? ¿Qué juicio merecerán hoy poetas como Gonzalo Escudero, León de Greiff o Porfirio Barba Jacob? La respuesta es el silencio, un silencio denso, inconmovible.

Y notemos que se trata de un silencio que supera de lejos lo literario y que impera mortecino en muchos otros sectores de lo intelectual y de lo social. La Revolución Mexicana nunca fue sino eso y los intentos de exportar la de Cuba maduraron, apenas, en un puñado de abnegaciones románticas. El APRA -pese a su nombre petulante: Alianza Popular Revolucionaria Americana- jamás salió de Perú, como nunca lo hizo el peronismo de la Argentina, donde permanece enclaustrado junto con el voseo y el psicoanálisis. Y el indigenismo maya, el sandinismo antiimperialista, los caudillos de boina y charreteras, la guerrilla asentada en Colombia desde hace setenta años, son todos sucesos increíblemente locales. Pero por vía de tales ejemplos es sencillo arribar a la conclusión de que, con toda evidencia, no hay una capital admitida de nuestro mundo idiomático, distorsión que supera a lo de los anglófonos que, al fin y al cabo,  sólo poseen dos: Londres y Nueva York. Se comprende, entonces, que no deja de tener su justificación la Real Academia Española cuando se apresura a legitimar cuanto vocablo se le propone; ciertamente carece de rigor, pero es sensata al buscar disimular el defecto, plegándose sin chistar a la voluntad ajena. Como lo hace profusamente consigue, de paso, oponer unas zonas a otras, forma lateral de conservar, a la vez, alguna ilusión de predominio.

Un fenómeno como el del boom fue, en ese perpetuo contexto de limitaciones, un extraordinario intermedio de consenso en los juicios y reconocimientos, un trance peculiarísimo en el que los públicos de la región -esbozos de pueblos, si lo pensamos bien- coincidieron en aceptar determinados valores como herramientas de un orden superior que los abarcaba a todos, ellos incluidos. No hay dudas de que, a la larga y según es ley, sólo permanecerán de esa época algunos textos que habrán de ser considerados por su mérito literario intrínseco, o por constituir simbologías que se arraiguen en áreas determinadas, pero esa valoración retrospectiva -y definitiva- no invalidará el hecho de que en su momento tales obras y sus autores protagonizaron una empresa impar integradora y -si se permite el anacronismo-, globalizadora, auguralmente globalizadora.

Lo ocurrido entonces fue en verdad insólito, aunque no era novedad absoluta. Ha habido antecedentes de una fuerza que cada tanto surge, entre nosotros, con intención contrapuesta al impulso hacia la dispersión que en general rige. Salvo en el primer caso, cuando se estableció una notoria unidad de designios políticos y militares, siquiera en América del Sur, durante la Guerra de la Independencia, todos los restantes han estado relacionados con la literatura, tal vez porque, en efecto, en algún sentido profundo nuestras sociedades más son espíritu que materia y esto, por lo menos, desde hace tres siglos.

Una llamativa experiencia precursora fue la del modernismo que, anticipándose al boom, que creó una comunidad de narradores “continentales”, organizó un similar foro de poetas “de todos”: Rubén Darío, José Asunción Silva, Amado Nervo, Santos Chocano, Guillermo Valencia, Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig; nómina a la que se sumaron algunos novelistas, como Enrique Larreta y Alcides Arguedas y, sobre todo, una notable legión de ensayistas: José Enrique Rodó, Rufino Blanco Fombona, José Vasconcelos, Francisco García Calderón, Enrique Gómez Carrillo, Enrique Varona y, ya tardíamente, Alfonso Reyes y Mariano Picón Salas.

Y en las décadas siguientes sobrevino algo que hoy -contemplado desde la perspectiva que da el tiempo- cabría describir como pre-boom, y fue la eclosión de la llamada “novela de la tierra”, a partir de Mariano Azuela y José Eustasio Rivera, y continuada por Ciro Alegría, Rómulo Gallegos, Miguel Ángel Asturias, José María Arguedas, Jorge Icaza, lista que se complementa con los prolijos y agudos enfoques de Germán Arciniegas. Este ciclo autónomo y fácilmente reconocible después de 1930, se conecta bastante de cerca con aquella otra extraordinaria difusión de fines de los años 60; la estrecha relación entre aquellos novelistas y algunos de la época siguiente como Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Alejo Carpentier resulta por demás visible, así como es fácil hallar en su substrato el origen de las especulaciones de Octavio Paz, igualmente tan insertado, como crítico, en el clima del boom.

Hasta ahí llega eso que hemos llamado “unidad de lectura”, suerte de reencuentro fugaz que tuvo nuestra América con la comunidad de su lengua, circunstancia, observemos, que sólo se presentó entonces en la narrativa, pero nada en la poesía y muy poco en los restantes géneros. Pues los contados poetas que, con posterioridad al modernismo, han logrado exceder a sus respectivos campanarios han sido todos figuras aisladas, desconectadas entre sí y sin casi posibilidad de compartir públicos; más bien cada uno generó, a su turno, una sensibilidad afín: Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Pablo Neruda, César Vallejo, Nicolás Guillen. En un balance de lo acaecido en el transcurso del siglo XX se ve, muy perceptiblemente, que, tras el sacudón modernista, nuestra poesía registró un pausado regreso al desvalimiento que la caracterizó en la centuria anterior.

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En la imágen que ilustra este artículo (de izq. a der., desde arriba): Nicolás Guillen - Juana de Ibarborou - Carlos Fuentes - Gabriel García Márquez - Mario Vargas Llosa - Cesar Vallejo - Pablo Neruda - Juan Rulfo - Alejo Carpentier - Octavio Paz - Gabriela Mistral

*Periodista, crítico literario y escritor. Profesor del Programa de Cultura de América Latina del Instituto de Cultura del CUDES.

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